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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

oscuras morcillas que les acompañaban, no se podía menos depensar en algún inmenso árbol de
Jauja, que había metido allí una de susramas, completamente llena de gigantescas frutas, tan
sabrosas comopicantes. En graciosas cenefas y en madejas ondeadas pendían lassalchichas rojas
como el pimiento de quien tomaban su afectado colorete,y las sartas de chorizos se
entremezclaban con los perniles,acariciándolos suavemente con su piel crasosa. Por una columna
abajodescendían en cuelga millares de salchichones, los unos vestidos concoraza de plata, los
otros desnudos y tiesos como garrotes, en talnúmero, que con ellos se podría armar un ejército, si
los ejércitos sebatieran a cachiporrazos. En el mostrador, de pintada tabla, estaba elpeso de metal
amarillo, que como el más fino oro de Arabia relucía, y deunos ganchos que traían a la memoria
las horcas alzadas por Chaperón enla vecina plazuela, colgaban las orondas reses puestas al
despacho. Allíera de ver la hercúlea fiereza con que un fornido inocentón manejaba elhacha
sobre el tajo, haciendo trizas a la víctima, que había sido uninocentísimo carnero manchego, o
benemérita vaca de la sierra de Gredos.Insensible como un verdugo, había en él también algo de
la estrictaequidad de quien cumple justicias superiores, porque cortaba los pedazosde modo que
resultasen conforme al peso pedido, y era muy comedido dehuesos y escrupuloso de piltrafas. El
tajo era quizás el objeto quemenos conforme estaba con el aspecto ordenado y hasta bonito de
latienda. ¿Quién nos asegura que no salió del mismo tronco de dondesacaron el que sirvió para
hacer justicia a los Comuneros? Cuandonuestro buen amigo Rufete le miraba, las edades
ominosas acudían a sumente y con ellas la imagen de los terribles escarmientos aplicados
alhombre por el hombre. Las rayas trazadas sobre el madero por el filo delhacha le parecían una
página histórica.
Las pesas subían y bajaban golpeando el mostrador duro, y de mano enmano iba pasando el
sustento de todo el barrio, aquí pobre y esquilmado,allá rico y sustancioso. Sobre la tabla caía
una lluvia de cuartosnegros manchados de verde, y con la música que estos hacían, seconcordaba
el choque de las medias libras y onzas de cobre, sin cesardando sobre el platillo. La aguja de la
balanza oscilaba constantementecomo un péndulo invertido. Cuando se distribuía una res,
dividiéndose eninnumerables pedazos destinados a tan diversas necesidades humanas,
sedescolgaba otra. Tan continuado rasgar de fibras y estallido de huesoscausaría horror a los que
no lo presenciaran todos los días. Entre elmurmullo se oía: «Señá Nazaria, péseme, bien, que soy
parroquiana....Señá Nazaria, córteme pierna de abajo.... Señá Nazaria, tenga concienciay vea que
eso es cordilla para los gatos.... Señá Nazaria, el solomillolimpio y mondo o no cobrado.... Señá
Nazaria, tenga conciencia en laschuletas».
Y señá Nazaria atendía a todos los términos de esta baraúnda,demostrando actividad pasmosa,
inteligencia múltiple y compleja. Unía altalento para distribuir la grandeza de alma para
conceder siempre unpoco más del peso. No era cicatera, pero cuando se creía engañada en
eldinero, hacía justicia pronta y seca. En cierta ocasión agarró un moñocomo se podría coger una
fruta, tiró de él y una copiosa cabellera negrase le quedó en la mano, por lo que se dijo que en
sus grandezas imitabaa Julio César, y en su modo de guerrear a los salvajes. Era una mujeralta y
gorda, no tan gorda que llegara a ser repugnante, sino llena,redondeada y bien compartida. Si era
verdad que parecía haber absorbidoparte considerable de la infinita sustancia que en la tierra
existe,también lo es que conservaba mucha ligereza en todo su cuerpo, y que nolo pesaban las
mantecas. Su rostro era de admirable blancura, sus ojosgarzos y negros, su nariz basta y
respingada, abierta descaradamente alaire, como gran ventana, necesaria a la respiración de un
grande yprofundo edificio. El chorro de viento que entraba por aquella narizmodelada para el
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