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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

quedespués de la famosa expedición de Jujuí, nos llegó la noticia deltriunfo de la Constitución
en las Cabezas de San Juan, y nos volvimoslocos de contento. Deseábamos, o que nos trajeran a
España, o que nosllevaran allá al bendito Código, y no pudiendo ser ni una cosa ni
otra,celebramos con fiestas, bailes, versos y meriendas aquel gran suceso. Laalegría era general.
Algunos tuvimos el proyecto de proclamar laConstitución en el Perú; pero el traidor de Maroto
se opuso. Loslibres deseábamos que la América adoptase el sistema, los traidoresno querían sino
hierro y sangre; y yo pregunto ahora lo que hepreguntado siempre: ¿quién es responsable de que
se perdiera la tremendabatalla de Ayacucho? ¿Quién?...
—Esa cuestión, querido Rufete—observó Aviraneta viendo con disgusto quela musa histórica
de su secretario remontaba el vuelo en demasía—, haperdido su oportunidad. Poco nos importa
saber quien lo hizo peor enAmérica. En cuanto al ejército, ya sabemos que en su mayoría es
liberal;pero usted mismo ha hablado de traidores: traidores hubo en América, ytambién los hay
en España.
—Aquí tengo la lista—exclamó prontamente Rufete haciendo ademán de sacarun papel.
—No, no saque usted la lista. Tampoco eso nos importa gran cosaahora.... Nuestra sociedad
cuenta ya con un brillantísimo contingente depersonajes civiles.
—Espere usted—insistió Rufete revolviendo sus papeles—, aquí está.
—No.... ¡Con cien mil palitroques! tampoco nos hace falta ahora la listade isabelinos. Envaine
usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero estraer a nuestras filas a este buen amigo, para darle
una comisión quedesempeñará bonitamente.
Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.
—Eso lo veremos—dijo el guipuzcoano—. Peñas más duras he quebrantado yo.¿Tienes
ocupaciones?
—Las de mis intereses, que no son muchas.
—Es verdad que casi eres rico; ¡mal negocio! ¿Te has casado?
—No.
—¿No ambicionas una posición elevada?
—No ambiciono nada más alto que este banco, y lo que llaman aura popularme incomoda más
que la tristeza de estar solo.
—A pesar de todo—dijo Aviraneta—, creo que te conquistaré.
Y calló después. De buena gana se habría desprendido en aquel momento delos servicios de su
secretario Rufete, cargado de listas, para estarsolo con Monsalud y hablarle franca y
descubiertamente, pues bien seconocía que el astuto conspirador había manifestado su idea de un
modoharto enigmático. Pero Rufete no se movía, y a la dudosa claridad que enel cuarto entraba
se entretenía en revisar sus listas de traidores y suslistas de isabelinos.
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