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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Salió, y cuando iba en busca de la puerta por el pasillo, que oscurísimocomo la caverna de
Montesinos estaba, tropezó con un bulto, el cual, porel agudo chillido que siguió al choque,
demostró ser mujer y mujer muysensible.
—Brutísimo, salvaje.... ¿no tiene usted ojos en la cara?—gritó la voz—.¿Qué modos son esos?
—Señora—dijo Salvador quitándose el sombrero, mas sin ver gota—,dispénseme usted. Ojos
tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz enel pasillo. Buscaba la puerta....
—¿Y soy yo acaso la puerta, señor majadero?... ¡Qué consideracionesgastan con las señoras
los hombres de esta casa!...
Hablando así la dama abrió la puerta y con la claridad indecisa que dela escalera venía pudo
Salvador verla y advertir que parecía dispuesta asalir también. Llevaba mantilla negra y una
dulleta en cuyo adornohabían entrado pieles de diversos animales domésticos,
hábilmentecombinadas con galones que siglos antes lucieron en la túnica de algúnsanto o en el
valiente pecho de algún oficial de guardias walonas.Salvador, que había visto algunas veces a la
dama, la conoció.Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia más lastimosa
querisible.
—Vuelvo a pedir a usted mil perdones—le dijo—, por mi torpeza.... Veoque también sale
usted, señora, y si me lo permite tendrá mucho gusto enacompañarla.
—Gracias, muchas gracias—replicó la momia dando en dirección a laescalera algunos pasos
en los cuales se advertía marcado prurito deagilidad—. Yo también necesito excusarme por
haber dicho a usted algunaspalabras inconvenientes, confundiéndole con ese hombre basto,
eseZugarramurdi, que es un mueble con andadura.
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