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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Al furor sucedió el abatimiento en la irritable persona de Carlos, y porlargo rato no dio señales
de vida. Salvador le dijo:
—Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. Pensando en un castigoimposible, te
envenenas el alma. Renuncia también a la agitación de lapolítica y no conspires, no seas
instrumento de ambiciones de príncipes.Retírate a nuestro pueblo, busca en la paz la reparación
que necesitas ycúrate con la medicina del olvido.
—¡Retirarme al pueblo!...—exclamó Carlos alzando los ojos para mirar defrente a su
hermano—. ¿Para qué? ¿para sentir más el horrible vacío demi alma y la soledad en que vivo?
La agitación de estas luchas civiles yel afán de hacer algo por una causa justa, me distraen
haciéndomellevadera la vida; pero la soledad del pueblo me abate y entristece detal modo que si
yo pudiera llorar, lloraría sobre los muros de mi casadesierta. Si al menos encontrara allí familia,
algún pariente, amigos,antiguos criados... pero no; nadie. Mi casa parece un panteón; y lascalles
de la Puebla repiten mis pasos como ecos de cementerio. Losrecuerdos son allí mi única
compañía, y los recuerdos me asesinan.
—Lo mismo me pasa a mí—exclamó Salvador—. Sin familia, solo, privado detodo afecto,
parece que estoy condenado, por mis culpas, a vivir sobreel hielo. También yo he visitado hace
poco nuestra villa y se me hancaído las alas del corazón al verme forastero en mi pueblo natal.
—A mí me perseguían de noche no sé qué sombras que salían de aquel negrocaserío. Todos
los perros del pueblo me ladraban ¡mil rábanos! con furiahorripilante.
—También a mí. Encontré algunas personas y me reconocieron; pero memiraban con mucho
recelo, como si fuera a quitarles algo.
—Me pasó lo mismo. Entonces conocí cuán triste es no tener a nadie en elmundo a quien
confiar una pena del corazón, una alegría, una esperanza.
—Yo también. Y entonces me sentí viejo, muy viejo.
—Lo mismo yo. Y dije: «si yo tuviera junto a mí a un ser cualquiera,aunque fuese un niño, no
saldría a los campos en busca de aventuras, nime afanaría tanto porque reinase Juan o Pedro».
—Igual he pensado yo.... Si algo me consolaba en aquella soledad lúgubreera el recordar
cosas de la niñez. ¡Y las veía tan claras cuando pasabapor los sitios donde solíamos jugar, por el
sitio donde estuvo laescuela, por el atrio de la iglesia y el puente, y casa del tío Roque
elherrero...!
—Pues yo me pasaba las horas muertas reproduciendo en mi memoriaaquellos días....
¡Cuántas veces me acordó de la pobre Doña Fermina tumadre! ¡Era tan buena!... ¿No se ponía a
hacer media sentada junto a unapuerta que hay a mano derecha como entramos en el patio?
—Sí, sí.
—Y me parece ver al Padre Respaldiza, contando chascarrillos, y aaquella Doña Perpetua que
vivió más de cien años. Yo recuerdo que tumadre me agasajaba mucho cuando yo, jugando
contigo y con otroschicuelos, me metía en el patio de tu casa. Me abrazaba, me besaba y
meponía sobre sus rodillas; pero yo me desasía de sus brazos para correr ysubirme a un montón
de vigas.... ¿No había un montón de vigas en elpatio?
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