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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Aquí concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeñado muyimperfectamente,
pero también de haberla terminado en tiempo oportuno(váyase lo uno por lo otro) y cuando el
continuarla habría sido causa deque las imperfecciones y faltas de la obra llegaran a ser
imperdonables.Los años que siguen al 34 están demasiado cerca, nos tocan, nos codean,se
familiarizan con nosotros. Los hombres de ellos casi se confunden connuestros hombres. Son
años a quienes no se puede disecar, porque algovive en ellos que duele y salta al ser tocado con
escalpelo. Quédese,pues, aquí este largo trabajo sobre cuya última página (a la cualsuplico que
me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de labondad del público, añadiendo más
cuartillas a las diez mil de queconstan los Episodios Nacionales. Aquí concluyen
definitivamenteestos. Si algún bien intencionado no lo cree así y quiere continuarlos,hechos
históricos y curiosidades políticas y sociales en gran númerotiene a su disposición. Pero los
personajes novelescos, que han quedadovivos en esta dilatadísima jornada, los guardo, como
legítimapertenencia mía, y los conservará para casta de tipos contemporáneos,como verá el
lector que no me abandone al abandonar yo para siempre ycon entera resolución el llamado
género histórico.
FIN DE LA NOVELA Y DE LOS EPISODIOS
NACIONALES
Santander.—Noviembre-Diciembre de 1879.
En el breve Prólogo impreso a la cabeza de la presente edición me dejédecir que tenía
preparado un largo escrito sobre el origen e intenciónde esta obra, los elementos históricos de
que dispuse, y los datos yanécdotas que recogí, comprendiendo además algunos desahogos sobre
lanovela española contemporánea. Pronto me arrepentí de esta precipitadaoferta, y la tuve por
grandísima tontería en la parte que se refiere ajuicios generales de crítica y a opiniones sobre el
género literario quemás se cultiva en España. Y al desempolvar los papelotes en que estabael
mal pensado y peor escrito Ensayo, me revolví airado contra mímismo por la pícara maña de
ofrecer lo que en manera alguna puedo ahoracumplir.
Me desdigo resueltamente, recojo mi palabra, y como en aquellaespontaneidad pueril no hubo
nada de juramento, ni se trata de un casode conducta moral, espero quedar bien con mis lectores
y con miconciencia. Y si me apuran, prefiero pasar por poco formal a meterme ensabidurías y
honduras de crítica, investigando las recónditas leyes dela belleza o las mudanzas que el tiempo
y la moda les imprimen, yolfateando los caminos que este y el otro autor siguieron para su
gloriao descrédito. Para cumplir lo prometido sería preciso que me saliese delas filas de la
procesión y me pusiese a repicar. Hay escritoresdichosos que desempeñan admirablemente este
doble trabajo, y andan en laprocesión y repican que se las pelan. Estos tienen el don maravilloso
depracticar el arte y de legislar sobre él, y son maestros en todo cuantocae debajo del fuero de la
pluma. Sabe Dios que daría cualquier cosa porque me infundiesen algo de su aptitud, aunque no
fuera sino para salirairoso en la ocasión presente; pero como esto no puede ser, me resigno,y
queda circunscrito el compromiso a la primera parte tan sólo de loofrecido, es decir, que no
tengo ya más obligación que hablar un poco decómo y cuándo se escribieron estas páginas. Esto
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