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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

decalentarse el cerebro, ya contando horas y minutos, ya imaginandoobstáculos, o bien
discurriendo el modo de ir al encuentro de su caramitad, cosa harto difícil ciertamente por no
saber qué camino traía.
El cólera había llenado de consternación y luto el alma de la señora,afectando también a sus
leales amigos. Más que por sí mismos, temíanella y ellos por el ausente. ¡Santo Dios, si la
epidemia le atacara enel camino!... ¿Tendría Dios dispuesto que no llegara a disfrutar el bienpor
tanto tiempo esperado?
—Lo peor de todo—decía Cordero, constante en su entrañable afecto—,sería que Dios te
llevase a ti antes o después de que tu marido viniese,porque entonces.... Y... yo pregunto:
«¿dónde se encontrará otra Sola?»
Y añadía para sí:
—Si esta idea no implicara la pérdida de un ser tan querido, meregocijaría con ella.... ¡Qué
chasco para el amiguito! ¿eh?... ¡Pero no,Señor Dios Poderoso! ¡Barástolis, no! Antes de matarla
a ella, mátametres veces a mí, y que mi salvación me consuele de su felicidad.
El tremendo día 16 fue para todos los que en aquella casa habitaban, díade grandísima
angustia, por la proximidad de la catástrofe. Reproduciraquí los apóstrofes que de su venerable
boca echó D. Benigno al ver lamatanza, las observaciones atinadísimas que hizo acerca de las
justiciaspopulares y del aborrecido imperio del vulgo, fuera imposible, sin dar aeste relato
dimensiones desproporcionadas. Puede ser que todos estosdichos sean recogidos
escrupulosamente por algún cachazudo historiadorque los perpetúe, como sin duda merecen.
Por la noche, cuando el barrio quedó tranquilo y se supo la verdad de loocurrido, viendo el
hecho en todo su horror, el héroe no daba paz a lalengua para maldecir a aquel indolente
Gobierno, que tales crímeneshabía permitido, si no por expreso consentimiento, por pereza y
descuidocasi tan execrables como el consentimiento mismo. Y aquí tenía elcompadecer a la
libertad, deplorando que su causa estuviese en talesmanos, y el sacar a relucir ejemplos de
Grecia y de Roma para sentar elprincipio de que las manos bárbaras y sucias del vulgo envilecen
cuantotocan y destrozan aquello mismo que quieren defender.
D. Rodriguín oía esto y callaba, admirando la elocuencia del buen señor;pero como las
palabras carlista y liberal saliesen a relucir, tal vezimpensadamente, en la perorata de Cordero,
encrespose el colegial,cambiáronse serias réplicas y reticencias, y trabose al fin unadisputilla que
no se sabe a dónde habría parado, si Sola no ordenase elsilencio para restablecer la paz. Al día
siguiente, D. Benigno dijo a suamiga con mucho misterio:
—Es preciso mandar a su casa a este subdiácono. Es un espía carlista....¡Barástolis! tan bueno
es Juan como Pedro, y entre las chaquetas de losdesalmados y las sotanas de estas culebrillas no
se sabe qué escoger.
Dicho y hecho. Avisose a la familia del colegial, y vestido este deseglar abandonó la casa,
aunque ningún peligro había ya de que salieraen traje eclesiástico. Despidiose chuscamente hasta
las kalendascarolinas, a lo que contestó el héroe con disparates latini-parlantes,que también se le
alcanzaba algo de macarronismo.
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