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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

puedereproducirse se destacaban estas frases.—¡Mi hija muerta!... ¡Cosasmalas en el agua!...
¡Esos pillos!...
Muchas damas de candil, vestigio envilecido de las que inmortalizó D.Ramón de la Cruz,
rodearon a Maricadalso. Una harpía que grita en mediode la calle del Peñón o de otra cualquiera
de aquellos barrios, tiene laseguridad de llevar el convencimiento más profundo al ánimo de
suauditorio, sobre todo si lo que dice es un disparate de esos que noentran jamás en cabeza
discreta. Con mágica rapidez, todas las mujeresque rodearon a Maricadalso se asimilaron las
opiniones y sentimientos deesta. El pueblo es conductor admirable de las buenas como de las
malasideas, y cuando una de estas cae bien en él, le gana por completo y leinvade en masa. Bien
pronto la harpía individual fue una harpíacolectiva, un monstruo horripilante que ocupaba media
calle y teníacuatrocientas manos para amenazar y doscientas bocas para decir: ¡Cosasmalas en el
agua!
Quien no piensa nunca, acepta con júbilo el pensamiento extraño,mayormente si es un
pensamiento grande por lo terrorífico, nuevo por loabsurdo. Aquel día habían ocurrido muchas
defunciones. Varias familiastenían en su casa un muerto o agonizante. En presencia de una
catástrofeo desventura enorme, al pueblo no le ocurren las razones naturales de loque ve y
padece. Su ignorancia no lo permite saber lo que es contagio,infección morbosa, desarrollo
miasmático. ¿Y cómo lo ha de saber laignorancia, si aún lo sabe apenas la ciencia? El pueblo se
ve morir consíntomas y caracteres espantosos, y no puede pensar en causaspatológicas. Cristiano
de rutina, tampoco puede pensar en rigores deDios. Bestial y grosero en todo, no sabe decir sino:
¡Cosas malas en elagua!
Esta idea de las cosas malas arrojadas infamemente en la riquísimaagua de Madrid, con el
objeto puro y simple de matar a la gente, cayóen el magín del populacho como la llama en la
paja. No ha habido ideaque más pronto se propagase ni que más velozmente corriese, ni que
máspresto fuera elevada a artículo de fe. ¿Cómo no, si era el absurdomismo?
Algunas mujeres subieron a ver el cadáver de la hija de Maricadalso,cuyo ataúd acababa de
traer López. Era una muchacha bonita, cigarrera,con opinión de honrada. Maricadalso subía a su
casa, lloraba junto alcuerpo de su hija, bajaba a gritar de nuevo, blasfemando, volvía a subiry a
llorar.... Ya no parecía la Muerte sino la Locura cantando a su modoel Dies irae. En tanto veinte,
treinta, cuarenta hombres subían haciala plaza de la Cebada propagando aquel satánico evangelio
de las cosasmalas en el agua. Encontraron a Timoteo Pelumbres, esposo deMaricadalso y padre
de la muerta. Oyó este el griterío y soltando lasherramientas que llevaba, corrió presuroso a una
taberna donde varioshombres disputaban.
—¿Veis?—gritó mostrando el puño—. Todo el mundo lo dice.... ¡Hanenvenenado las aguas!
Inquieto, feroz y pequeño, Timoteo tenía todas las apariencias delchacal, la mirada baja y
traidora, los músculos ágiles, el golpecertero. Atacaba de salto. Era el mismo a quien vimos
haciendo buñuelosen la tienda inmediata a la gran carnecería de la Pimentosa, de quienera
protegido, lo mismo que su mujer. Era el mismo a quien vimos hacemucho tiempo, acaudillando
la fiera cáfila que asesinó a martillazos alcura Vinuesa 21 en la cárcel de la calle de la Cabeza.
Aquel tigrepequeño vivió mucho. Alcanzó los tiempos de Chico.
En la taberna hacía falta un orador para electrizar el selecto concurso.Aquel orador fue
Pelumbres, que hablaba mostrando el puño y frunciendolas cejas. Las mujeres pasaron gritando.
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