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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Gracián y el otro clérigo se sentaron después de saludar a la enfermacon mucho interés.
Nazaria agradeció mucho la visita y estuvo quejándosedurante diez minutos, dando cuenta
prolija de los distintos dolores quesentía, en partes diversas, los unos afilados como cuchillos, los
otrosduros como pedradas, y algunos múltiples y horripilantes como el rasgarde una sierra.
Después calló. Gracián dijo solemnemente que más, muchomás había padecido Cristo por
nosotros, y luego reinó un silenciotristísimo, durante el cual no se oía más que el rumor de las
hojuelasde acacia, batiendo el aire y desconcertando las bandadas de moscas. Alpunto que estas
vieron a los dos clérigos, se fueron derechas a ellos,manifestando singular preferencia por el
joven acompañante.
—Lo pasaría menos mal—dijo Nazaria—, si no tuviera miedo, muchísimomiedo a esa
enfermedad que ha entrado ahora, y que, según dicen, mata ala gente en un abrir y cerrar de ojos.
—Se llama el Cólera—dijo la flaca con vocecilla ronca que hizoestremecer al curita.
Al decir esto Maricadalso (que así la llamaban) se asemejó más que nuncaa la madre Muerte,
nombrando a una de las más fúnebres herramientas desu oficio.
—El cólera, sí—dijo Gracián—. Esta epidemia viene del Ganges, de dondesaca su apellido de
asiática. Ha empezado a hacer grandes estragos enEuropa, y Dios no ha querido librar a España
de tan tremendo azote.Tengamos paciencia. Hasta ahora Madrid va librando bien. Las
invasionesno son muchas. Empezó en Vallecas y parece como que va pasando de Nortea Sur.
Nazaria le preguntó por los remedios que para tan atroz dolencia habíandescubierto las
facultades, y Gracián, con apariencias de no creer muchoen ellos, habló de varios, tales como
friegas, infusiones teínas yrevulsivos. El mejor antídoto contra el mal era, a su juicio, el valor yel
desprecio del mal mismo.
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