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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Bueno es decir, para que lo sepan los historiadores, que con las módicasventajas pecuniarias
adquiridas por aquel medio honestísimo habíanrenovado las señoras parte del mueblaje, aunque
todas las piezas deantaño se conservaban, sostenidas por los remiendos y pulidas por eltiempo y
el aseo. ¡Cosa admirable! el reló 2 había vuelto a andar; maspor malicia del relojero o por un
misterio mecánico imposible depenetrar, andaba para atrás, y así después de las doce daba las
once,luego las diez y así sucesivamente. El cuadro de santos de la OrdenDominica había sido
restaurado por la misma Doña Paz, asistida de unhábil vejete carpintero, sacristán y
encuadernador, y emplasto por aquí,pegote por allá, con media docena de brochazos negros en
las sombras yuna buena mano de barniz de coches por toda la superficie, había quedadocomo el
día en que vino al mundo. Por el mismo estilo se habían salvadode completa ruina las urnas de
santos y las cornucopias, que por notener ya en sus cristales sino irregulares manchas de azogue
parecíanuna colección de mapas geográficos. Lo nuevo, que era muy humilde,consistía en sillas
de paja, cortinas de percal, ruedos de estera decolores; pero alegraba la casa y su vetusto
matalotaje. Por tal maneraaquella imagen cadavérica de los pasados siglos se reía en su tumba.
En la época en que nuevamente la encontramos, Doña María de la Paz seacercaba velozmente
a una vejez apoplética, marchando a ella con lospies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y
el cuello crasos. Suscabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, yera que
ella perseguía las canas como si fueran liberales, y no dabacuartel a ninguna, siendo tan
implacable con ellas, que cuando vinieronen tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse
en el puro casco,las disfrazó vistiéndolas de luto para que nadie las conociera. Asícuando esta
operación no estaba hecha con habilidad (porque con lasfuerzas había mermado la vista)
aparecían las sienes y la frenteempañadas con ciertas nubes negras por encima de las cuales
brillaba lanieve remedando un admirable paisaje de invierno.
Doña María Salomé estaba tan momificada que parecía haber sido remitidaen aquellos días
del Egipto y que la acababan de desembalar paraexponerla a la curiosidad de los amantes de la
etnografía. Fija en unasilleta baja, que había llegado a ser parte de su persona, se ocupaba
enarreglar perifollos para decorarse, y a su lado se veían, en diversascestillas de mimbre, plumas
apolilladas, cintas de matices mustios,trapos de seda arrugados y descoloridos como las hojas de
otoño, todoimpregnado de un cierto olor de tumba mezclado de perfume de alcanfor.Decían
malas lenguas que al hacerse la ropa juntaba los pedazos y se loscosía en la misma piel; también
decían que comía alcanfor paraconservarse, y que estaba, forrada en cabritilla. Boberías
maliciosasson estas de que los historiadores serios no debemos hacer caso.
Una mañana.... Olvidaba decir que en la casa había una gran piezainterior que daba a un patio
o corralón muy espacioso, de donde recibíael sol casi todo el día. En dicha pieza tendía Doña
Paz la ropa lavadaen casa. De muro a muro todo era cuerdas, y cuando estaban llenas deropa,
aquello parecía un bosque de trapos húmedos. Pues bien, una mañanase paseaba Doña María de
la Paz por aquellas alamedas del aseo, cuandoentró Doña María Salomé, y dándole una carta que
acababan de traer a lacasa, le dijo:
—Otra carta para el Sr. D. Carlos. Viene con sobre a ti; pero es paraél. Mira las tres cruces. La
letra parece del Sr. D. Felicísimo.
—Se la daremos cuando despierte—replicó Doña Paz—. El pobre señor hapasado muy mala
noche.
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