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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Mientras Romualda sube, dejando al buen clérigo y su acompañante en lapuerta del
establecimiento, digamos cómo de la opulencia y desahogo dela carnecería pasó aquella
desmoralizada familia a la estrechez de unmiserable comercio de agua y vino. En casa donde no
existen ni losvínculos ni los afectos que constituyen la familia, donde la paz deja supuesto a la
discordia y los vicios ocupan el lugar de la economía y lasobriedad, no pueden de modo alguno
afincar las prosperidades. Laactividad de Nazaria y su inteligencia no bastaban a atenuar los
malosefectos de la holgazanería de López, el cual no sólo derrochaba entorpes fraucachelas lo
adquirido con sus malas artes y conexionespolíticas, sino que también sabía apurar, dejándolos
en las purastablas, los cajones del mostrador, llenos del pingüe esquilmo de lamañana. Nazaria
no gastaba en liviandades, pero sí en lujo y ruinososcaprichos. Empeñaba una joya para comprar
otra, y a ninguna prenderadejaba salir de su casa sin quitarle de las manos, a cambio de
buendinero, el rico mantón de Manila, la peineta de concha, el abanico demarfil, los soberbios
encajes flamencos y otras prendas valiosas que lascasas ricas de Madrid arrojan diariamente al
oscuro mercado de lance. Lacarnecería producía mucho; pero el género de Mortanchez y
Candelario nocae llovido del cielo, por lo que pronto empezó a declinar la casa, ydando tumbos
y traspiés cayó, a la vuelta de un año, en el abismo deldescrédito. Los acreedores se repartieron
el botín y hubo una desbandadade chorizos y una dispersión de jamones, que dieron mucho que
hablar atodo el barrio de San Millán. Los muebles de la casa fueron embargados,y salieron en
busca de más seguro domicilio las imágenes y santicos,juntamente con los toreros. Tres o cuatro
puestos del Rastro lucierondurante una semana parte muy principal del ajuar de la Pimentosa,
quesólo pudo retener lo indispensable para no pedir un hueco en SanBernardino, fundado por
Pontejos en aquel mismo año. Ciertos dineros nomuy lucidos que se salvaron del desastre casi
por milagro sirvieron a laviuda de Peralvillo para poner la tienda acuática antes descrita; yentre
aquellos cuatro fementidos trastos la infeliz mujer se mecía otravez en locas ilusiones, pensando
en volver a ser favorecida de lafortuna, para sacar del comercio pequeñito un tráfico grande y
rico.Ella tenía genio, sabía comprar, sabía vender, pero ignoraba el arte deguardar, que es el arte
de enriquecer. Su mala estrella o su naturalezafísica y moral (que esto no está bien averiguado)
le agravaron el malque ha tiempo padecía, llegando al extremo de no tener hora de
completososiego; y si los duelos con pan son menos, la enfermedad acompañada deduelos y
quebrantos cierra la puerta a todo remedio. A la escasez seunían las continuas reyertas
domésticas para abatir más el espíritu dela pobre viuda de Peralvillo y poner su estómago más
dolorido. Un hechoimportante ocurrió poco después de la ruina. No lo pasemos en silenciopor lo
mucho que a ambos favorece. Se casaron; pero la legalización deaquella inmoral alianza no la
hizo más pacífica, y después de losdesposorios llevó López más arañazos en su rostro y ella
mayor número decardenales en su hermoso cuerpo.
El desastroso acabamiento de D. Felicísimo y el desplome de la casa enque vivía pusieron a
Tablas en gran desesperación, porque él creíasegura una buena manda en el testamento de su
protector. Como eltestamento no se encontró entre los escombros, o si se encontró loinutilizaron
hábilmente Bragas y los de la curia, quedáronse en ayunasLópez y los señores eclesiásticos, que
también tenían sus cinco sentidosen las mandas de misas y legados piadosos. Del abintestato del
Sr. deCarnicero se había aprovechado a sus anchas, sin el estorbo de repartir,el siempre
venturosísimo Pipaón, a quien el cielo deparó un vástago alos nueve meses (día más día menos)
de su matrimonio.
Chasqueado por aquella parte, Tablas se obstinó más y más en apretar loslazos que le unían a
las sociedades secretas y al conventículo formadopor Aviraneta, Rufete y comparsa. Bien se
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