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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

llevaran una venda y unpoco de sebo para ponérselo en la frente. Uno de los que le
habíanacompañado entró a darle lo que pedía, y después Su Real Majestad seacostó y apagó la
luz. Durante dos horas reinó el más profundo silencio,y el cura andaba casi a gatas por no hacer
ruido que pudiera turbar elsueño del primero de los facciosos. Pero de repente sonó en las
callesde Elizondo estrépito de caballería; llegaron muchos jinetes a la casadel párroco; se
apearon y el jefe de ellos entró en la casa sin pedirpermiso ni hacer caso del cura, que salió
trinando y bufando a pedircuenta de tan irreverentes ruidos. A pesar de esto, la calidad
delpersonaje exigía que se pasase recado a Su Majestad. Hiciéronlo así y elSoberano mandó que
entrase al momento Zumalacárregui. Oyose la voz delRey que decía:
—Traigan una luz.
Zumalacárregui estaba en el pasillo, boina en mano.
—Venga la luz—dijo, cogiéndola de las manos del cura que con ella veníapresuroso.
Era una vela, puesta no muy gallardamente en un candelero de barro. Seacercó
Zumalacárregui y entró en el cuarto oscuro. Su Majestad se habíaincorporado en el lecho. Aún
tenía puesta la venda. El general avanzólentamente, con respeto y cortedad. Extendió la mano
con el candelero.La luz iluminó de lleno el semblante de D. Carlos, en el cual noresplandecía
ningún destello ni aun chispa leve de inteligencia. Con lavenda, la palidez, el bigote afeitado (a
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