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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

—Y en este sitio no podrás restablecerte.
—Te digo que no importa—gritó Navarro exaltándose—. Harías bien endejarme solo.
Salvador pensó que no había más remedio que recurrir a la fuerza. Sinembargo, trató de
apurar todos los recursos de su ingenio paradominarle.
—¡Estábamos tan bien en nuestra casa de Pamplona!...—dijo con pena—.Nada faltaba allí.
—Pero sobraban muchas cosas.
—¿Qué?
—¡Tus beneficios tus cuidados, tu... tú!...—gritó agrandando la voz acada palabra—. Como
me llamo Zumalacárregui, así es verdad que meincomodan tus beneficios. No quiero nada tuyo.
Salvador calló. Un hilo de agua que cayó del techo sobre su cabeza,obligole a apartarse de
allí. El viento entraba por distintos ladosformando pequeñas tempestades que arrebataron de la
silla el papel enque Navarro trazaba sus garabatos, llevándolo al otro extremo de latitulada
habitación.
—¡Mi plano...!—dijo Carlos extendiendo su brazo.
Salvador se lo alcanzó.
En la desvencijada escalera de la casa hacían tal ruido los cuatrochicos, hijos de la aldeana
propietaria de tan singular edificio, quebastara aquella música para volver loco a cualquiera que
en talesregiones habitase.
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