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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

parentesco que no querías reconocer.¿Lo reconocerás ahora? ¿Se hace por un extraño lo que yo
he hecho?
—No—dijo con noble decisión Garrote—. No se hace por un extraño lo quehas hecho por mí.
He tenido días de gran oscurecimiento en mi cabeza;pero ya veo claro, y aunque imagino
sofismas y sutilezas para desvirtuartu comportamiento conmigo, no puedo. La verdad es más
fuerte que miscavilaciones. Te me has ido imponiendo, imponiendo, y ahora estás encimade mí
con un doble carácter, pues no puedo separar completamente en tiel hermano cariñoso del
hombre aborrecido, ni creo que separarlos puedamientras los dos vivamos.
—He sido más afortunado que tú—dijo Salvador, apartándole otra vez delfuego, que le atraía
como a mariposa—, porque yo hace tiempo que heolvidado todas las ofensas; hace tiempo que
he cogido todos los rencoresy arrancándolos de mí los he echado fuera, como se echa este papel
alfuego.
Salvador arrojó al fuego un papel que ardió instantáneamente conllamarada juguetona.
Instintivamente Navarro se acercó a la chimenea yquiso sacar el papel que ardía; pero retrocedió
quemándose los dedos.Esto, que parecía un chispazo de locura, inspiró a Salvador losiguiente:
—No metas tu mano en el fuego para sacar lo que ha caído en él. Tú, comoyo, necesitas
hacerte perdonar para ser perdonado, necesitas comprar lagenerosidad con generosidad y el
olvido con el olvido.
—Si pudiera olvidar...—murmuró Navarro, embelesado siempre en lacontemplación de la
llama—. Si pudiera borrar todo lo que no fuerapresente.... ¡Qué tranquilo viviría!... Porque el
presente me agrada, yesta serenidad que ahora disfruto es un bien muy precioso. Fáltame sabersi
lo debo a la casualidad, a la Providencia o a ti.
—A los tres—replicó el otro—. La Providencia y el hombre, ya amigo yaenemigo, suelen
obrar de acuerdo para salvarnos o perdernos. Tu memoriase ha aclarado lo bastante para
recordarte, lo que has pasado, la ruinade tus descabellados planes de guerrillero, tu prisión, tu
enfermedadgravísima, tu condenación a muerte. Pero hay cosas que no puedes saberpor tu
memoria, y son la curiosidad interesada con que yo observaba tuspasos desde Madrid, y mí
resuelto propósito de socorrerte cuando caísteen el mayor peligro en que puede caer un hombre.
Yo dejé mi casa,comodidades de esas que empiezan a valer mucho cuando se nos va acabandola
juventud, y quehaceres importantes; yo corrí a este país de Navarradecidido a emplear todo lo
que en mí hubiera de actividad, de celo y deingenio para salvarte. He vivido algunos meses
consagrado a ti, velandopor ti, y luchando contra tu mal, contra tu genio, contra tu locura,contra
los enemigos, contra la ley y contra todo, sin desmayar nunca,sin fatigarme un punto hasta
conseguir mi objeto. Sobre todos losenemigos me han resistido siempre tu carácter y tu antipatía.
Pero esto,lejos de desanimarme, me encendía más, y más me estimulaba a pretenderuna victoria
completa. Estoy satisfecho, te he salvado de la muerte, tehe cazado, te he domado, y ahora te
tengo en mi poder, no como enemigoprisionero, sino como podría tener un padre a su hijo débil
y pecador,sojuzgado y no sé si arrepentido. Yo conceptuaba como la mayor gloriaapetecible esta
victoria mía por la fraternidad cristiana, y esasumisión tuya por la gratitud. Ahora, cuando parece
que recobras tusalud perdida y tu libertad, ¿qué harás? Desde el momento en que yo mealeje, tu
soledad será espantosa. ¿Irás a la guerra? No lo creo. Si teretiras a alguna parte a vivir pacífica y
honradamente, ¿a quiénvolverás los ojos para decir: «tú eres mío»? ¿Los volverás a tu
mujer?No. ¿Buscarás algún pariente en la Puebla? No los tienes. ¿Buscarásamigos? Tu carácter
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