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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

de los agraviados enCataluña. Tan guerreros eran, que en los pequeños claros o intervalos depaz,
ninguno supo hacer cosa de provecho, y la poca hacienda que teníanfue pasando a los
prestamistas, disolviéndose toda en comilonas, timbas,inútiles viajes, cacerías y compras de
armas para camorras. De esto ydel desastroso fin de todos ellos, nació en Doña Hermenegilda
unaborrecimiento tan vivo de las guerras, que no se le podía mentar nadade lo tocante al fiero
Marte y su culto sangriento. Ella decía que unanación de cobardes sería la más feliz y próspera
del mundo, y cuando leobjetaban que esa nación no sería dueña de sí misma porque
laesclavizaría cualquier conquistador extraño, respondía que su belloideal era que todas las
naciones del mundo fueran igualmente cobardes,para que resultara un globo terráqueo poblado
en absoluto de seresprudentes. Doña Hermenegilda no era navarra.
No podía haber escogido Salvador persona más a propósito para cuidar aun hombre tocado,
como se sabe, del mal de batallas. No tenía igualseguridad de acierto en la elección del Padre
Zorraquín para acompañantey amigo espiritual del enfermo, porque si bien en ocasiones
podríatenerse al tal clérigo por la persona más bondadosa y mansa del mundo,en otras parecía un
si es no es levantisco y ambicioso. Era Zorraquíncapellán de unas monjas pobres y no podía
ocultar sus febriles ganas dellegar a otra posición eclesiástica más elevada. Ya no era joven
elcapellán y había dejado trascurrir lo más florido de su existencia sinhacer valer los méritos que
creía poseer. Todas sus peroratas sobre estetema de la vanidad concluían diciendo: «Ya, ya
vendrán tiempos dejusticia, sí, ya vendrán.... Entonces no veremos los coros de lascatedrales
llenos de masones con sotana, mientras los buenoseclesiásticos perecen».
No pasaba ya Garrote la mayor parte del día en la cama. Había recobradolas fuerzas, y su mal,
que antes parecía profundamente arraigado y dueñode la persona, le permitía ya algunas horas de
completo bienestar. Muysensible al frío, se acercaba con frecuencia a la lumbre, la observabacon
fijeza, arrojando en medio de las ascuas su mirada, como si quisieraencenderla en ellas, y no se
movía hasta que, inflamándose su cara conlos rojos reflejos, llegaba a un grado de irritación
insoportable.Entonces se retiraba, conservando en su pupila la imagen de las
brasasdeslumbradoras. Después de dar algunos paseos por la estancia, hastaenfriarse, volvía
junto a las llamas y se extasiaba contemplando otravez las lenguas rojas de azulada punta, las
quemadas astillas que caíandel consumido leño con murmullo de hojas secas, y languidecían
luego enla ceniza durmiéndose.
Comía poco. No leía nada, y su única distracción era tirar al floretecon su hermano. Pero este
entretenimiento duraba minutos nada más, porla escasa fuerza del convaleciente. Hablaba tan
poco, que a veces hastase privaba de lo necesario por no pedirlo. En el largo espacio de un
mesno pasaron de tres las conversaciones tiradas que ambos hermanossostuvieron. En la primera
hablaron de las condiciones de las casas dePamplona, de la catedral, de la ciudadela, de las
fortificaciones, de laRochapea y de otros temas locales, en que Navarro mostró su
prolijoconocimiento de la ciudad. En la segunda, Salvador le habló de laguerra, procurando
poner a prueba el juicio de su hermano, y no tuvopoca sorpresa al observar que Garrote trató el
asunto con un aplomo yuna serenidad de ideas admirable. El tercer coloquio fue todo élexpresión
de sentimientos personales, y habría podido servir de base deconcordia entre dos hombres que
tanto se habían aborrecido. Por estodebe ser puesto entre lo más precioso que han hablado
nuestrospersonajes, y reproducido con integridad para que sea edificación denuestros lectores,
como lo fue de Doña Hermenegilda, que tuvo el honorde hallarse presente en aquel palique.
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