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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

«¿Pero es verdad que Madrid ha proclamado ya a D. Carlos? ¿Es verdad queCristina se ha
embarcado o va en camino de embarcarse? ¿Es cierto que elInfante ha vuelto de Portugal, y está
al frente del ejército?». A estaspreguntas no podía contestar el viajero porque nada sabía, pero
bien sele alcanzaba que provenían de falsas noticias y embustes, semilla quehábilmente
sembrada en tales países había de dar pronto cosecha detiros. Siguió su camino y al fin entró en
Estella. Aunque eran las docede un hermoso día cuando pisó la plaza Mayor, antojósele que
laspróximas alturas arrojaban sombra muy lúgubre sobre la ciudad y que estase ahogaba en su
cinturón de montañas. A cada paso hallaba pandillas declérigos con capa de esclavina, paraguas
y gorro de borla, charlando enlenguaje vivo sobre el asunto del día, que era la muerte del Rey y
elproblema de la sucesión.
Dirigiose a uno de aquellos señores para preguntarle por la residenciadel coronel Seudoquis, a
quien quería ver sin pérdida de tiempo, y elclérigo, hombre gordito y lucio, le contestó de esta
manera:
—Nuevo es usted en esta tierra. Si no lo fuera usted, sabría que paraencontrar al famoso
Seudoquis no hay más que averiguar donde se juega ydonde se bebe.
Apuntando con su paraguas a una esquina de la acera de enfrente, añadióel buen hombre lo
que sigue:—¿Ve usted aquella casa donde dice en letrasmuy gordas Licores? Pues allí encontrará
usted al borracho.
Y se marchó riendo y a prisa para reunirse a la cuadrilla que habíaseguido andando mientras él
se detenía. Todos los demás individuos deparaguas encarnado y gorro negro eran también lucios
y gorditos, señalindudable de no ser gente muy dada a la penitencia.
Pronto encontró Salvador a su amigo, y no le encontró embriagado nijugando, sino en tertulia
con otros tres militares y dos paisanos. Lasorpresa y alegría del coronel fueron grandes. Después
de abrazarse,retiráronse a un desvencijado cuarto del mesón (pues mesón, café,taberna y algo
más era la tal casa) y hablaron a solas más de una hora.Cuando Salvador se retiró a descansar en
la estancia que allí mismo ledestinaron, creía haber ganado la partida y estaba satisfecho de
suaventurado viaje, que ya tenía por venturoso. Pero Dios quiso que todossus planes se
trastornasen y que a cada dificultad vencida naciese otraimponente dificultad. Aquella misma
tarde recibiose aviso de que donSantos Ladrón, el atrevido guerrillero riojano, venía sobre
Estella conquinientos voluntarios, al grito de España por Carlos V. Púsose enmovimiento la
escasa guarnición de la plaza, y Dios sabe lo que hubieraocurrido si no llegara oportunamente el
brigadier Lorenzo, mandado porel Virrey Solá con el regimiento de Córdoba y los provinciales
deSigüenza. Lorenzo no descansó en Estella. Aquella noche vio Salvador lascalles Mayor y de
Santiago atestadas de soldados, que se racionaban conpan y vino; habló con ellos y pudo notar
que reinaba en la tropa buenespíritu, si bien su entusiasmo por la causa que empezaban a
defender noera muy grande todavía.
Lorenzo salió a media noche. Al día siguiente se tuvo noticia delcombate de los Arcos, en que
fueron destrozados los voluntarios deLadrón y este hecho prisionero. Salvador vio por segunda
vez la tropa deLorenzo, de regreso a Pamplona, llevando consigo al guerrillero donSantos y a
Iribarren. Lo peor del caso para nuestro amigo, fue queLorenzo se llevó también a Pamplona a
los tres prisioneros que en lacárcel de Estella estaban, y con esta determinación vino a tierra
elplan construido por Monsalud de concierto con Seudoquis. Contrariedadtan inesperada parecía
anunciar malísimo éxito a las tentativasgenerosas de Salvador, porque los prisioneros de Estella
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