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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

—El señor se ha ido y no volverá pronto.
—Entonces habrá dejado algún recado o carta....
—El señor escribió una carta; pero no la dejó en casa.
—¿Pues dónde, hombre de Dios, dónde?
—La dejó a D. Felicísimo Carnicero.
—¡Bendito Dios!—exclamó D. Benigno, golpeando en el suelo con un pie—.¿Y a usted no le
dejó recado verbal para mí?
—¿Para el Sr. de Cordero? Sí señor. Me dijo que D. Felicísimo enteraríaa usted del motivo de
su viaje y le daría una carta.
—¡Barástolis!... Hay cosas que parecen obra de Satanás.
Y reproduciendo en su mente el espectáculo de los escombros que habíavisto a dos pasos de
allí, pensó que para encontrar la carta era precisolevantar muchas varas cúbicas de polvo y
astillas, un cadáver y elpesadísimo pie de la curia, puesto sobre el tesoro, como el pie delpilluelo
que pisa la moneda caída, mientras su dueño la busca paseandolos ojos por la tierra. Exhaló
Cordero de su pecho un suspiro en queparecía que la mejor parte de su alma se escapaba en
busca del fugitivo,y salió abrumado de pena. En la calle el gentío que se agolpaba junto alas
ruinas le dio a entender que sacaban aquel precioso fósil que fueagente eclesiástico. Entonces dio
un suspiro mayor, diciendo parasí:—También nosotros nos hundimos; también a nosotros se nos
ha caído lacasa encima.
Acordose entonces de Sola, a quien había dejado en su casa esperando elresultado de aquella
visita, y no pudo menos de traer también a lamemoria las corazonadas de la huérfana antes de
salir de los Cigarrales.No queriendo dar a esta la desagradable noticia sin acompañarla de
algúnconsuelo, hizo averiguaciones prolijas aquella misma tarde, y después dehablar con
algunos amigos del fugitivo y de hacer mil preguntas envarios mesones y paradores, se retiró a
su casa si no con lacertidumbre, con la sospecha fundadísima de que Salvador había ido alNorte.
Esto, las voces que habían corrido acerca de las opinionesúltimamente adoptadas por su amigo y
la circunstancia de haber partidoen el mismo día en que murió Su Majestad, llevaron a Cordero
decavilación en cavilación hasta ponerle en el trance de creer lo que eldía anterior le parecía
increíble.
—No—pensaba andando hacía su casa—, aquel tesoro no puede ser para unaventurero. Mi
hija no se casará con un hombre que así juega con lossantos principios, con un hombre que ayer
fue exaltado liberal y hoyabsolutista de trabuco y sobrepelliz. Ella misma apartará de él
suespíritu y su corazón, y entonces....
El semblante del de Boteros se animó. Toda idea nueva y feliz producecomo una llamarada
interior, cuyo reflejo sube al rostro, cuando este nose ha educado en el disimulo y la hipocresía.
Cordero avivó el paso yapretó fuertemente el puño del bastón, repitiendo:
—Entonces....
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