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Un Antiguo Rencor

¿Cómo había adquirido el compromiso que ella le había exigido antes del matrimonio? Eso era
que estaba decidido á no cumplirlo. La señorita Guichard se puso en el caso del joven y se
confesó que ella hubiera también obrado del modo de que le suponía capaz. Y con furor lleno de
espanto comprendió que estaba á merced de sus adversarios y que éstos podían hacerla sufrir el
mismo tratamiento que les tenía preparado. Roussel, & quien creta tener en su poder, la tenía á
su discreción. Él seria quien se llevarla á Herminia, gracias al ascendiente de Mauricio. Y esta
muchacha, ¿no estaba decidida de antemano? ¿No lo probaba la acogida que había hecho á aquel
hombre maldito? Sí; todo se venía abajo; el desastre era inevitable, si un golpe de fuerza no
restablecía sus ventajas y cambiaba repentinamente su derrota en victoria.
Para esto, no había más que un medio: deshacer su propia obra; romper los lazos que ella había
atado; indisponer aquel matrimonio antes de que tuviese tiempo de consolidarse; aplastar en
germen la sublevación tramada contra ella. Y esto enseguida, sin perder un segundo; provocar la
discusión, procurar una querella y á favor del desacuerdo llevarse á Herminia, á fin de que no
pudieran volverse á ver, ni, por consecuencia, reconciliarse. Acaso Mauricio muriera de pena y
su sobrina también; pero, en su exasperación contra ellos, no veía en esto inconveniente alguno.
Hubiera prendido fuego á la casa y se hubiera quemado viva, si hubiera estado segura de que
Roussel y la joven pareja ardían también. Ningún escrúpulo, ninguna debilidad, ninguna
conmiseración debía detenerla en su plan. Y su plan era, sencillamente, destruir la felicidad de
dos hijos.
No pensó ni un solo momento en dirigirse al corazón de Herminia y á la razón de Mauricio. Y,
sin embargo, aquel era el punto débil en el que hubiera sido preciso herir para asegurar la
victoria. Como ella era toda odio, no hizo entrar en sus cuentas el cariño que Herminia la
profesaba. Mujer pérfida, no fundó esperanza alguna en la lealtad de Mauricio. Á las primeras
explicaciones, sin embargo, Herminia se hubiera arrojado á su cuello y á los primeros cargos el
pupilo de Roussel se hubiera sonrojado por haber engañado á una mujer que le acogía sin
desconfianza. Ciertamente, todo se hubiera allanado y por una conversación de un cuarto de hora
la tranquilidad de todos hubiera quedado asegurada. Pero Clementina no quiso explicaciones: se
juzgó vendida y sólo pensó en preparar secretamente su desquite.
Por de pronto, quiso ser informada jurídicamente y abriendo la puerta, llamó á Bobart, que,
desde la aparición de Roussel en la casa, estaba en acecho. Fuera de que siempre había profesado
al hermoso y rico Fortunato la animosidad propia del hombre feo y pobre, sentía ahora cierta
inquietud á causa de la actividad desplegada por él en servicio de la señorita Guichard. "Si se
reconcilian, pensaba, será á costa mía y yo seré quien pague los gastos de la guerra." Se
apresuró, pues, á acudir en cuanto vió á Clementina hacerle una seña y respiró al observar que
Roussel se había marchado. "Le ha puesto á la puerta, se dijo, y su fisonomía se esclareció."
—Y bien, amiga mía, preguntó, ¿el monstruo ha partido?.
—Por el momento, replicó con rudeza Clementina; pero va á volver enseguida.
—¿Para qué?
—Para comer.
—¿Para comer ... en tu casa?
—En mi casa.
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