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Un Antiguo Rencor

Mauricio, en la expansión de su alegría, no miraba tan lejos. Además para él la reconciliación era
segura; y como quiera que fuese, en casa de la señorita Guichard ó en otra parte, la vida se le
aparecía de color de rosa.
—Estoy estupefacto, respondió, por la ingeniosa y práctica sencillez de las combinaciones de
usted.
—¿Le parecen á usted, pues, satisfactorias?
—Absolutamente.
—Entonces, ¿las acepta usted?
—Con muchísimo gusto.
—¡Ah! querido hijo mío; ven, quiero abrazarte.
—Y le estrechó en un abrazo vigoroso, y le plantó en cada mejilla un beso sonoro. Si Mauricio
hubiera estado en aquel momento capaz de reflexionar, la ardiente alegría que la señorita
Guichard demostraba, le hubiera puesto en guardia contra la facilidad con que acababa de
acceder á las pretensiones de la despótica solterona; hubiera pensado que, para empezar, el paso
á que se lo obligaba era muy largo y que si el segundo iba á ser del mismo tamaño, le conduciría
infaliblemente á la esclavitud.
Pero en aquel momento y gracias á la óptica especial del amor, la señorita Guichard le parecía
muy moderada. Al volver Herminia, con un haz de flores entre los brazos, encontró á su tía y á
su prometido encantados el uno del otro y se regocijó cándidamente por su buen acuerdo.
Clementina triunfaba y apenas podía contener los transportes de su alegría. Una vez franqueado
aquel desfiladero, cuyo ataque venía preparando, hacía una semana, con habilidad consumada,
no veía ante ella obstáculo alguno. Mauricio, caído en su poder, gracias á la maga que lo había
encantado, estaba separado de Roussel y la empresa de odio emprendida hacía veinte años
recibía su complemento.
Roussel, con el cual pasó Mauricio la mañana, antes de ir á la Celle-Saint-Cloud para firmar el
contrato, no se engañó acerca del valor de las concesiones que Clementina había arrancado tan
diestramente al joven. Se juzgó amenazado del modo más grave y comprendió que la mujer que
había dirigido contra él tan formidables baterías, no habría de desarmarse como esperaban los
jóvenes esposos. Pero tuvo el supremo valor de callar sus inquietudes, por no aminorar la alegría
de su hijo, no queriendo ver ni una sola arruga en aquella frente radiante. Y para estar más
seguro de no ser causa de una complicación á última hora, anunció á Mauricio que partía para el
Havre.
—¿Pero volverá usted mañana por la mañana? preguntó Mauricio con algún cuidado.
—Mañana por la tarde. Cuando estéis casados, me presentaré en casa de la señorita Guichard
según vuestro deseo, y haré cuanto sea posible para asegurar la concordia general.
—Gracias, querido padrino, en nombre de Herminia y en el mío.
—¡Abrázame y que seáis dichosos!
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