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Un Antiguo Rencor

Desde su puesto de observación, Roussel le veía mirar con insistencia hacia la finca de la
señorita Guichard. Y hasta le veía la cara lo bastante para notar su profunda tristeza. ¿Esto era,
pues, el objeto de sus paseos misteriosos? Venía á contemplar el sitio donde había visto por
primera vez á Herminia. Esperaba verla de lejos si pasaba por la alameda de las ramas colgantes.
Acaso ella se mostrase tan triste como él y entonces, esa identidad de sentimientos sería un alivio
para su pena. Y el curtido corazón de Fortunato se apretó al recibir esta prueba de la pena
efectiva y devoradora del hijo á quien amaba tan tiernamente.
Una gran melancolía se apoderó de él. Presintió que estaba destinado al más cruel de los
sacrificios; el de la tranquilidad de sus últimos días. Vió que no podría dudar entre su dolor y el
de Mauricio. Estimó que no era justo aceptar el sufrimiento de aquella juventud como precio de
la quietud de su vejez. No había igualdad entre la vida del uno, en su aurora, y la del otro, en su
ocaso. Por último, temió que Mauricio le juzgase egoísta y tuviese de Clementina mejor opinión
que de él y quiso demostrar la diferencia que había entre ellos y hacer apreciar su abnegación
comparada con la inflexibilidad de la señorita Guichard.
Mauricio dejó su sitio lentamente y como á disgusto. Aquel día Herminia no había aparecido en
el jardín. Tomó de nuevo el camino del bosque, con la cabeza baja y al llegar á la plazoleta,
arrojó un grito ahogado y palideció: su tutor estaba delante de él. El anciano estaba grave y un
poco pálido, pero su fisonomía y su actitud no acusaban enfado alguno. Viendo á Mauricio
perplejo, se adelantó sin hablar, le cogió afectuosamente el brazo y marchó á su lado en
dirección á Montretout.
Después de algunos minutos de silencio, levantó la cabeza, miró á su hijo adoptivo con dulzura y
dijo con voz enternecida:
—Así pues, hijo mío; ¿eso es más fuerte que tú? ¿Es absolutamente preciso que la vuelvas á ver?
Á estas palabras tan afectuosas, tan verdaderamente paternales, Mauricio, conmovido, balbuceó
con voz alterada:
—¡Oh! mi querido padrino, perdóneme usted, pero ¡es tanta mi pena!...
—Vamos, hijo mío; has hecho lo que has podido, bien lo veo; á mí me toca hacer el resto.
—¡Padrino mío!...
—¿Acaso has creído que te he criado como lo he hecho, durante veinte años, para cambiar de
repente, el mejor día, y hacerte desgraciado? ¡No, no! Te quiero para ti mismo y no para mí y no
puedo soportar la idea de que alimentas una pena que una palabra mía puede disipar.
—¡Oh! pero yo no aceptaré que usted tenga el menor disgusto por mi causa, interrumpió
Mauricio con energía. Soy un cobarde por no haber sabido soportar mejor esta decepción. Pero
yo daré buena cuenta de mi debilidad ... Hace mucho tiempo que estoy proyectando un viaje á
España ... Partiré ... partiremos juntos.
—¡No!, dijo tristemente Roussel; porque llevarías contigo el recuerdo de Herminia y serías aún
más desgraciado estando lejos de ella ... Y yo tendría la doble tristeza de verte sufrir y de pensar
que sufrías por ser yo un egoísta ... Lo que me impedía dejarte en libertad de amar á esa
muchacha, que es sin duda adorable y buena....
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