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Un Antiguo Rencor

Y hablando así el buen Fortunato se había enternecido. Su voz se perdió en un sollozo y las
lágrimas rodaron por sus mejillas. Ante esta pena tan sincera del hombre que le había educado,
Mauricio se abandonó á su emoción: se abalanzó á Roussel, le estrechó entre sus brazos, le
obligó á sentarse en una butaca, se colocó en un taburete cerca de él, le cogió la mano y, llorando
también, dijo:
—Basta, mi querido padrino; ni una palabra más ... Usted no me conoce ... ¡yo, abandonarle!
¡Dejarle acabar su vida, que espero será todavía muy larga, sin aprovechar la dicha de su
continua presencia! ¿Cómo ha podido usted pensarlo? ¡Preferiría renunciar á todas las mujeres
de la tierra, mejor que causar á usted una pena ... Usted llora, mi bueno y único amigo, por mi
causa.... Es la primera vez y será la última ... Tranquilícese usted; jamás haré nada que le
atormente ni que siquiera le disguste; sería un ente desnaturalizado si pensase en otra cosa que
en complacerle. Los hijos deben obediencia á sus padres y usted es aún más que un padre para
mí, porque no es la naturaleza la que le ha hecho serlo, sino su voluntad.... Yo soy su hechura
moral ... No creo que haya en el mundo lazos más fuertes que los de mi cariño y mi
reconocimiento....
Roussel lloraba todavía, pero al mismo tiempo se sentía dichoso, porque veía la sinceridad con
que hablaba Mauricio. Le abrazó con efusión y ya ruborizado, el buen señor, por el egoísmo con
que aceptaba la renuncia de su querido hijo:
—Casi no la conoces, exclamó, y olvidarás fácilmente á esa joven ... ¡Bah! Ya buscaremos otra,
aun más bonita y que no dependa de la atroz Clementina ... Si tú supieras....
—No quiero saber nada; creo á usted bajo su palabra.
—¡Ah! eres un buen muchacho, dijo Fortunato con efusión, y en este momento me pagas veinte
años de ternura....
—Entonces, no se hable más del asunto, contestó Mauricio con afectada calma y que se borre
hasta el recuerdo de esta aventura.
Roussel y Mauricio volvieron á emprender su plan de vida ordinario, en apariencia al menos,
porque, en realidad se había producido entre ellos una causa de molestia. El pintor no buscaba,
como en otro tiempo, la presencia de su padrino, é, instintivamente, Fortunato estaba retraído.
No podían hablarse sin reticencias y se veían obligados á reflexionar, antes de emprender una
conversación, á fin de asegurarse de que no había de descarrilar del asunto principal, en
desenvolvimientos peligrosos. Ocupados incesantemente en dominarse, afectaban una
tranquilidad que estaba muy lejos de sus espíritus. No se atrevían á dirigirse mutuas preguntas y
se espiaban, temiendo sorprender en sus fisonomías la huella de una inquietud, la prueba de una
pena. Hubieran querido convencerse de que habían renunciado, Roussel á sus prevenciones y
Mauricio á su amor.... Pero sabían que esto era imposible y ambos sufrían. Estos dos seres que
habían vivido tanto tiempo en una deliciosa intimidad, no se veían ahora más que á las horas en
que les era imposible evitarse; por la mañana en el almuerzo y por la tarde durante la comida y
de sobremesa, y aun entonces estaban juntos con alguna inquietud. De este modo, Clementina
había conseguido introducir la turbación en casa de su enemigo y envenenar su tranquila
felicidad.
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