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Un Antiguo Rencor

hubiera debido advertir á Mauricio. Hubiera ido á casa de la señorita Guichard, que le hubiera
hablado mal de mí; él no la hubiera creído, hubiera salido de allí con indignación y asunto
terminado; mientras que ahora le voy á meter en pleno drama y á excitar su imaginación: ¡quién
sabe si hará alguna tontería!"
Iba á abrir la boca para pedir el telegrama, cuando vió al empleado desaparecer con él en el
cuarto donde estaban los aparatos de transmisión. Desistió ante las explicaciones que tendría que
dar; suspiró y salió pensando: "¡Sea lo que Dios quiera! Después de todo, puede que Mauricio
sea más razonable á los veintiocho años que su tutor á los sesenta."
Roussel no se engañaba contando con el buen juicio de su hijo adoptivo, pero la prudencia de los
hombres es engañada frecuentemente por el capricho de los acontecimientos. El joven pintor,
después de haber meditado sobre el telegrama de Roussel, sin conseguir imaginar, ni poco ni
mucho, la verdadera situación, había resuelto observar escrupulosamente la consigna: "Bajo
ningún pretexto vuelvas casa señorita Guichard."
Sin embargo, encerrado en el estudio y vuelto del lado de la pared el boceto trazado por la
mañana, Mauricio se puso á trabajar en un cuadro de género que tenía empezado, y que
representaba una joven recién casada despojándose del velo ayudada por la madrina, mientras
otra joven miraba con curiosidad las alhajas de la canastilla. La composición de esta escena era
agradable. El estudio del vestido blanco, destacándose de un fondo muy claro, había interesado á
Mauricio, que miraba su lienzo con cierta satisfacción pensando que no estaba mal. De repente,
la cabeza morena de la desposada le desagradó; era una mancha brutal de tinta en la tierna escala
de tonos delicados que había agrupado tan armoniosamente. Cogió un raspador y de un solo
golpe decapitó á la novia. Entonces, con pincel acariciador rehizo la cabeza cambiando
enteramente su carácter. En lugar de la cara acentuada de su modelo ordinario, una hermosa
muchacha de Batignolles, de ojos negros, pómulos salientes y labios rojos, surgía poco á poco en
el lienzo una dulce y delicada faz que no era sino el retrato de Herminia, con sus guedejas rubias,
sus ojos azules y su boca sonrosada. Era ella rasgo por rasgo y, sin embargo, no lo era bastante
todavía, según el gusto de Mauricio, porque dejó la paleta sobre el taburete, arrojó los pinceles
con desaliento y mirando su obra con profunda atención, murmuró:
—¡Ah! qué lejos estoy de la realidad!... ¡tendría que verla otra vez para estar completamente
seguro de lo que hago!...
Encendió un cigarrillo, se tendió en un sofá y permaneció arrojando círculos de humo que
subían, formando espirales, hacia el techo del estudio. Meditaba, sin dejar de seguir en sus
evoluciones caprichosas las bocanadas de humo, mientras que en el fondo de su ánimo se
preparaba sordamente una capitulación de conciencia:
—Después de todo, mi padrino me ha prohibido que vaya á casa de la señorita Guichard, pero no
á los alrededores de esa casa. No entraré ciertamente en ella, pero ¿por qué no he de rondarla
para tratar de ver á la gentil sobrina? Se trata sencillamente de un capricho de artista.... Tengo ya
dos cuadros arrinconados por falta de ese parecido exacto, porque yo no podría nunca ver á mi
desposada de otro modo que con la cara de la encantadora virgen del bordado ... Y sería lástima
no terminar el bonito esbozo que la representa inclinada sobre el terraplén. ¿Qué mal habría en
que tratase de verla?... ¡Bah! ¡Allá voy!
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