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Un Antiguo Rencor

UN ANTIGUO RENCOR
CAPÍTULO I
DE CÓMO SE PUEDE ODIAR POR HABER QUERIDO DEMASIADO.
Las campanas sonaban alegres en una atmósfera tibia y ligera; las golondrinas pasaban rápidas,
en bandadas, arrojando sus agudos chillidos; el sol de junio derramaba sus rayos dorados á través
de las ramas, y á lo largo del paseo de tilos que conduce desde la plaza de la iglesia hasta la
quinta de la señorita Guichard, la boda caminaba lentamente sobre el césped.
En el momento en que la comitiva, con los novios á la cabeza, desembocaba ante la verja
completamente abierta, todos los curiosos de la aldea, agrupados cerca del pabellón del
jardinero, prorrumpieron en tan descompasados gritos, y los petardos, prendidos por el cochero,
estallaron con tal estrépito, que todos los pájaros que anidaban en el ramaje volaron espantados.
El novio sacó del bolsillo todo el dinero que había preparado para las circunstancias y arrojó en
círculo una lluvia de monedas de cincuenta céntimos sobre aquella horda de desgreñados, que se
arrojó por el polvo con tal furor, que en un momento no se vió más que una mezcla confusa de
calzones, brazos y piernas enredados.
Después se deshizo el montón y con algunos pedazos de vestido de menos y algunos bultos en
los ojos de más, todos los alborotadores se marcharon corriendo hacia la tienda de comestibles.
La boda penetró en el jardín, siguió solemnemente la orilla de la pradera, subió la escalinata y
entró en el salón completamente adornado con ramos blancos. Las señoras rodearon á la novia,
oculta bajo un largo velo y la felicitaron con ardor. La señorita Guichard, apoyada en la
chimenea, con el empaque de una reina, recibía los cumplimientos de la parte masculina de la
reunión.
Era la tal una mujer alta y delgada, de cara amarillenta á la que formaban cuadro unos cabellos
de un negro azabache. Los ojos orgullosos, coronados de espesas cejas, estaban como
incrustados en una frente estrecha y altanera. La boca era fina, sinuosa y como contraída con
desagrado. La barbilla puntiaguda indicaba á su pesar tendencias autoritarias llevadas hasta la
tiranía. En aquel momento hablaba con la señora Tournemine, mujer del alcalde de la Celle-
Saint-Cloud, sin dejar de observar con el rabillo del ojo á los jóvenes desposados, que, poco á
poco, se habían quedado solos en el hueco de una ventana.
 
 
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