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Un Antiguo Rencor

Herminia, no por la dicha de amar, sino porque le servía de aliada contra su enemigo. El encanto,
la gracia, la inocencia de la niña no lograron apoderarse por completo de la señorita Guichard,
que no fué verdaderamente sensible más que al útil apoyo que le proporcionaba aquella criatura,
en su lucha contra Fortunato.
No pudo desconocer, ciertamente, la dicha que entraba en su casa, que era, antes de la adopción
de Herminia, como una jaula sin pájaro y que ahora llenaba la niña con sus risas, con sus cantos,
con su alegría. Pero Clementina era menos accesible á estos goces deliciosos que á la áspera
satisfacción de pensar veinte veces al día: "He perjudicado á Roussel."
Educó á Herminia con perfección pero severamente. La cuidó con el celo de un artillero por su
cañón. Cuando la niña estuvo enferma, la señorita Guichard experimentó vivas inquietudes,
llamó al mejor médico y hasta pasó en vela algunas noches; pero jamás experimentó ese ardor
espiritual que templa la atmósfera en torno de un niño y le hace vivir en medio de la mayor
seguridad, en la evolución de un tranquilo desarrollo. Jamás su corazón de mujer tuvo los
pequeños refinamientos de afecto, las delicadas atenciones que Roussel prodigaba á Mauricio.
Se hizo amar por su hija adoptiva, pero se hizo más respetar. El nombre de "tía" convenía por su
frialdad á las relaciones afectuosas que Herminia tenía con la señorita Guichard: llamarla mamá
hubiera sido imposible, porque en realidad era tratada como una sobrina.
Durante quince años la vida no ofreció graves incidentes. El rencor de Clementina no estaba
extinguido, sino en ese estado de incubación semejante al de los volcanes que no revelan su
actividad interior más que por los tenues hilos de humo que se escapan por sus costados. Ni
Roussel ni la señorita Guichard habían hablado de sus disentimientos á Mauricio y á Herminia,
obedeciendo al miedo de sembrar el odio en aquellos sencillos espíritus.
Los dos muchachos crecieron y entraron en la edad juvenil. Mauricio, después de terminar sus
estudios, había manifestado una afición muy marcada por la pintura. Como estaba llamado á ser
rico, pues el capital de su padre, cuidadosamente administrado, producía treinta mil francos de
renta y Mauricio le había asegurado una considerable fortuna por una donación inter vivos,
poseía todos los medios necesarios para realizar sus aspiraciones artísticas. Roussel, siempre
práctico, no se contentó con que su hijo fuese un simple aficionado.
—Todo lo que se hace, le decía, es preciso hacerlo con perfección. Deseas pintar, no me opongo;
pero te exijo que trabajes como si tuvieras necesidad de tu paleta para vivir. Vas á entrar en la
escuela de Bellas Artes; te recomendaré á Baudry, que es amigo mío, y á Meissonier, á quien
conocí en la Guardia nacional. Si quieres hacer grandes cuadros á la manera de los grandes
maestros italianos del Renacimiento, el primero te será útil; si prefieres dedicarte al arte
minucioso de los Flamencos, el segundo te dará consejos; pero, cualquiera que sea tu elección,
conviene que te apliques á ella con todas tus fuerzas.
Mauricio adquirió ese compromiso y le cumplió. Á los veintitrés años obtuvo el segundo premio
y por una rara delicadeza, no quiso concurrir al año siguiente, aunque estaba casi seguro de la
victoria. Para explicarlo, dió á su tutor razones que le conmovieron vivamente:
—Tengo tres concurrentes enteramente pobres y pueden desesperarse por un fracaso. Cualquiera
de ellos que obtenga el primer premio tiene su carrera asegurada. ¿Voy yo, que soy rico, gracias
á mi padre y á usted, á servir de obstáculo á ese porvenir que puede ser tan fecundo y tan
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