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Gatsby
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cuidadosas las madres de susintereses, determinaron poner fin a una situación de que
nada buenoesperaban. ¿Quién era Valeria? Lo ignoraban. Mientras recibieron lo
quesu educación costaba, no pensaron en averiguaciones: tal vez de hacerlashubieran
tenido que rechazarla; pero apenas empezó a serles gravosacomenzaron a rumiar ideas
de desconfianza y a sentir un recelo muyparecido al miedo. Las visitas cortas y tardías
de aquel ancianomisterioso, su desaparición y luego el extraño modo de remitir
fondossin escribir palabra, todo indicaba algo extraordinario, anómalo, y
quetrascendía a pecaminoso. Al mes siguiente de no recibir dinero estabanpersuadidas
de que Valeria no era de origen limpio y confesable, y deque su compañía pudiera
constituir un peligro para las educandas quetenían familias conocidas, siempre
puntuales en el pago de cuanto sushijas gastaban. Más claro: la prudencia aconsejó a
las monjas nocontinuar manteniendo y enseñando a una señorita que era
juntamentecarga pesada y causa probable de responsabilidad; porque una de dos: osus
padres habían muerto y la niña iba a quedarse allí gratis parasiempre como flor
olvidada, y flor que costaba más que una victoriaregia cultivada en Europa, o dichos
padres, por no poder confesar quelo eran, se desentendían de ella, y en tal caso,
¿quién iría arecogerla... y pagar? ¿Se presentaría tal vez preguntando por Valeriauna
señora falsificada, una aventurera despreciable, una... o lo quefuera peor, un juez?
Sólo pensar en ello les ponía a las madres carne degallina. Movida por estas
consideraciones, que se discutieron entre lasde más autoridad y consejo, la priora,
abadesa, o lo que fuese, mandóllamar a Valeria, y suavemente, con gran dulzura, le
dijo que lasituación era insostenible; que habían consultado con el señor obispo;que
éste no resolvía sus dudas; que la responsabilidad del convento eratremenda; que allí
había un misterio indescifrable; que no podíancontinuar así, y otras muchas cosas,
todas las cuales venían acompendiarse en estas horribles frases: «Hija mía, lo
sentimos mucho...Profesar no puedes por carecer de dote; seguir aquí tampoco, por
faltade otros requisitos... Nosotras todas te encomendaremos al Señor ennuestras
oraciones, pero en el colegio es imposible que sigas. Te damosocho días de plazo para
que digas a quién llamamos, dónde quieres que telleven, o cosa parecida. Y si no
dices nada..., pues ya nos haaconsejado el Padre Dulzón que demos parte al
gobernador para queresuelva.»
¿A quién había de llamar? ¿Dónde había de ir la sin ventura? ¡Elgobernador! ¿Qué
podría hacer sino enviarla a un asilo de beneficencia odejarla en medio de la calle?
Valeria oyó aquello como reo de muerte queescucha su sentencia; se arrodilló a los
pies de la madre, le regó lasmanos con lágrimas, le besó el hábito, y al fin cayó al
suelo desmayada.Hubo que llevarla a la enfermería, donde pasó tres días con fiebre
ydelirio. Al cuarto se alivió algo, y lo primero que pidió fue quellamasen a Susana;
mas parapetadas las monjas en que el reglamentoprohibía a las educandas entrar en la
enfermería, negaron el favor.

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