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Trafalgar

mismo, extralimitándome en misatribuciones, le decíamos que la cosa no tenía duda, a ver si
dándonospor convencidos se templaba el vivo ardor de su manía; pero ni por ésas:su manía le
acompañó al sepulcro.
Pasaron ocho años después de aquel desastre, y la noticia de que laescuadra combinada iba a
tener un encuentro decisivo con los ingleses,produjo en él cierta excitación que parecía
rejuvenecerle. Dio, pues, enla flor de que había de ir a la escuadra para presenciar la
indudablederrota de sus mortales enemigos; y aunque su esposa trataba dedisuadirle, como he
dicho, era imposible desviarle de tan estrafalariopropósito. Para dar a comprender cuán
vehemente era su deseo, bastadecir que osaba contrariar, aunque evitando toda disputa, la
firmevoluntad de Doña Fransisca; y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinaciónde mi
amo, que éste no tenía miedo a los ingleses, ni a los franceses,ni a los argelinos, ni a los salvajes
del estrecho de Magallanes, ni almar irritado, ni a los monstruos acuáticos, ni a la ruidosa
tempestad,ni al cielo, ni a la tierra: no tenía miedo a cosa alguna creada porDios, más que a su
bendita mujer.
Réstame hablar ahora del marinero, Marcial, objeto del odio más vivo por parte deDoña
Francisca; pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo D.Alonso, con quien había servido.
Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marinerosMedio-hombre, había sido
contramaestre en barcos de guerra durantecuarenta años. En la época de mi narración, la facha de
este héroe delos mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrenseustedes, señores
míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con unapierna de palo, el brazo izquierdo cortado
a cercén más abajo del codo,un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en
todasdirecciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentesclases, con la tez
morena y curtida como la de todos los marinos viejos,con una voz ronca, hueca y perezosa que
no se parecía a la de ningúnhabitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de
estepersonaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, puesa fe que merece ser
pintado por un diestro retratista. No puedo decir sisu aspecto hacía reír o imponía respeto: creo
que ambas cosas a la vez,y según como se le mirase.
Puede decirse que su vida era la historia de la marina española en laúltima parte del siglo
pasado y principios del presente; historia encuyas páginas las gloriosas acciones alternan con
lamentables desdichas.Marcial había navegado en el Conde de Regla, en el SanJoaquín, en el
Real Carlos, en elTrinidad, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, alparecer derrotados
con honra o destruidos con alevosía, sumergieron consus viejas tablas el poderío naval de
España.
Además de las campañas en que tomó parte con mi amo, Medio-hombre habíaasistido a otras
muchas, tales como la expedición a la Martinica, laacción de Finisterre y antes el terrible
episodio del Estrecho, en lanoche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa María,
en5 de octubre de 1804.
A la edad de sesenta y seis años se retiró del servicio, mas no porfalta de bríos, sino porque ya
se hallaba completamente desarbolado yfuera de combate. Él y mi amo eran en tierra dos buenos
amigos; y comola hija única del contramaestre se hallase casada con un antiguo criadode la casa,
resultando de esta unión un nieto, Medio-hombre se decidió aechar para siempre el ancla, como
un viejo pontón inútil para la guerra,y hasta llegó a hacerse la ilusión de que le gustaba la paz.
Bastabaverle para comprender que el empleo más difícil que podía darse a aquelresto glorioso de
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