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Trafalgar

de D. José María Malespina, quevociferaba en el patio, llamando a su mujer, a D. Alonso y a mi
amita.Lo que más me sorprendió fue que la voz del embustero parecía tan alegrecomo de
costumbre, lo cual me parecía altamente indecoroso después de ladesgracia ocurrida. Corrimos a
su encuentro, y me maravillé viéndolegozoso como unas pascuas.
«Pero D. Rafael...—le dijo mi amo con asombro.
—Bueno y sano—contestó D. José María—. Es decir, sano, no; perofuera de peligro sí,
porque su herida ya no ofrece cuidado. El bruto delcirujano opinaba que se moría; pero bien
sabía yo que no. ¡Cirujanitos amí! Yo lo he curado, señores; yo, yo, por un procedimiento
nuevo,inusitado, que yo solo conozco».
Estas palabras, que repentinamente cambiaban de un modo tan radical lasituación, dejaron
atónitos a mis amos; después una viva alegríasucedió a la anterior tristeza, y, por último, cuando
la fuerte emociónles permitió reflexionar sobre el engaño, me interpelaron con
severidad,reprendiéndome por el gran susto que les había ocasionado. Yo medisculpé diciendo
que me lo habían contado tal como lo referí, y D. JoséMaría se puso furioso, llamándome
zascandil, embustero y enredador.
Efectivamente, D. Rafael vivía y estaba fuera de peligro; mas se habíaquedado en Sanlúcar en
casa de gente conocida, mientras su padre vino aCádiz en busca de su familia para llevarla al
lado del herido. El lectorno comprenderá el origen de la equivocación que me hizo anunciar con
tanbuena fe la muerte del joven; pero apuesto a que cuantos lean estosospechan que algún
estupendo embuste del viejo Malespina hizo llegar amis oídos la noticia de una desgracia
supuesta. Así fue, ni más nimenos. Según lo que supe después al ir a Sanlúcar acompañando a
lafamilia, D. José María había forjado una novela de heroísmo y habilidadpor parte suya; en
diversos corrillos refirió el extraño caso de lamuerte de su hijo, suponiendo pormenores,
circunstancias tan dramáticas,que por algunos días el fingido protagonista fue objeto de
lasalabanzas de todos por su abnegación y valentía. Contó que, habiendozozobrado la lancha, él
tuvo que optar entre la salvación de su hijo yla de todos los demás, decidiéndose por esto último,
en razón de ser másgeneroso y humanitario. Adornó su leyenda con detalles tan peregrinos,tan
interesantes y a la vez tan verosímiles, que muchos se lo creyeron.Pero la superchería se
descubrió pronto y el engaño no duró muchotiempo, aunque sí el necesario para que llegase a
mis oídos, obligándomea transmitirlo a la familia. Aunque tenía muy mala idea de la
veracidaddel viejo Malespina, jamás pude creer que se permitiera mentir enasuntos tan serios.
Pasadas aquellas fuertes emociones, mi amo cayó en profunda melancolía;apenas hablaba;
diríase que su alma, perdida la última ilusión, habíaliquidado toda clase de cuentas con el mundo
y se preparaba para elúltimo viaje. La definitiva ausencia de Marcial le quitaba el únicoamigo de
aquella su infantil senectud, y no teniendo con quién jugar alos barquitos, se consumía en honda
tristeza. Ni aun viéndole tanabatido cejó Doña Francisca en su tarea de mortificación, y el día de
millegada oí que le decía:
«Bonita la habéis hecho... ¿Qué te parece?
¿Aún no estás satisfecho? Anda, anda a la escuadra. ¿Tenía yo razón o nola tenía? ¡Oh!, si se
hiciera caso de mí... ¿Aprenderás ahora? ¿Ves cómote ha castigado Dios?
—Mujer, déjame en paz—contestaba dolorido mi amo.
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