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Trafalgar

su colosal plan de campaña contrael Austria. El 20 de Octubre, un día antes de Trafalgar,
Napoleónpresenciaba en el campo de Ulm el desfile de las tropas austriacas,cuyos generales le
entregaban su espada, y dos meses después, el 2 deDiciembre del mismo año, ganaba en los
campos de Austerlitz la másbrillante acción de su reinado.
Estos triunfos atenuaron en Francia la pérdida de Trafalgar; el mismoNapoleón mandó a los
periódicos que no se hablara del asunto, y cuandose le dio cuenta de la victoria de sus
implacables enemigos losingleses, se contentó con encogerse de hombros diciendo: «Yo no
puedoestar en todas partes».
-XVII-
Traté de retardar el momento de presentarme a mi amo; pero, al fin, elhambre, la desnudez en
que me hallaba y la falta de asilo, me obligarona ir. Mi corazón, al aproximarme a la casa de
Doña Flora, palpitaba contanta fuerza, que a cada paso me detenía para tomar aliento. La
inmensapena que iba a causar anunciando la muerte del joven Malespina,gravitaba sobre mi
alma con tan atroz pesadumbre, que si yo hubiera sidoresponsable de aquel desastre, no me
habría sentido más angustiado.Llegué por fin, y entré en la casa. Mi presencia en el patio
produjogran sensación; sentí fuertes pasos en las galerías altas, y aún nohabía tenido tiempo de
decir una palabra, cuando me abrazaronestrechamente. No tardé en reconocer el rostro de Doña
Flora, máspintorreado aquel día que un retablo, y ferozmente desfigurado con laalegría que mi
presencia causó en el espíritu de la excelente vieja. Losdulces nombres de pimpollo,
remono,angelito, y otros que me prodigó con toda largueza, no mehicieron sonreír. Subí, y todos
estaban en movimiento. Oí a mi amo quedecía: «¡Ahí está! Gracias a Dios». Entré en la sala, y
Doña Franciscase adelantó hacia mí preguntándome con mortal ansiedad:
«¿Y D. Rafael? ¿Qué ha sido de D. Rafael?»
Permanecí confuso por largo rato. La voz se ahogaba en mi garganta y notenía valor para
decir la fatal noticia. Repitieron la pregunta, yentonces vi a mi amita que salía de una pieza
inmediata, con el rostropálido, espantados los ojos y mostrando en su ademán la angustia que
laposeía. Su vista me hizo prorrumpir en amargo llanto, y no necesitépronunciar una palabra.
Rosita lanzó un grito terrible y cayó desmayada.D. Alonso y su esposa corrieron a auxiliarla,
ocultando su pesar en elfondo del alma. Doña Flora se entristeció, y llamándome aparte
paracerciorarse de que mi persona volvía completa, me dijo:
«¿Con que ha muerto ese caballerito? Ya me lo figuraba yo, y así se lohe dicho a Paca; pero
ella, reza que te reza, ha creído que lo podíasalvar. Si cuando está de Dios una cosa... Y tú bueno
y sano, ¡quéplacer! ¿No has perdido nada?»
La consternación que reinaba en la casa es imposible de pintar. Porespacio de un cuarto de
hora no se oyeron más que llantos, gritos ysollozos, porque la familia de Malespina estaba allí
también. ¡Pero quésingulares cosas permite Dios para sus fines! Había pasado, como hedicho, un
cuarto de hora desde que di la noticia, cuando una ruidosa ychillona voz hirió mis oídos. Era la
 
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