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Trafalgar

de muchos marineros y tripulantes se ignoraba todavía elparadero. En las calles ocurrían a cada
momento escenas de desolación,cuando un recién llegado daba cuenta de los muertos que
conocía, ynombraba las personas que no habían de volver. La multitud invadía elmuelle para
reconocer los heridos, esperando encontrar al padre, alhermano, al hijo o al marido. Presencié
escenas de frenética alegría,mezcladas con lances dolorosos y terribles desconsuelos. Las
esperanzasse desvanecían, las sospechas se confirmaban las más de las veces, y elnúmero de los
que ganaban en aquel agonioso juego de la suerte era bienpequeño, comparado con el de los que
perdían. Los cadáveres queaparecieron en la costa de Santa María sacaban de dudas a
muchasfamilias, y otras esperaban aún encontrar entre los prisionerosconducidos a Gibraltar a la
persona amada.
En honor del pueblo de Cádiz, debo decir que jamás vecindario alguno hatomado con tanto
empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendoentre nacionales y enemigos, antes bien
equiparando a todos bajo elamplio pabellón de la caridad. Collingwood consignó en sus
memorias estagenerosidad de mis paisanos. Quizás la magnitud del desastre apagó todoslos
resentimientos. ¿No es triste considerar que sólo la desgracia hacea los hombres hermanos?
En Cádiz pude conocer en su conjunto la acción de guerra que yo, a pesarde haber asistido a
ella, no conocía sino por casos particulares, pueslo largo de la línea, lo complicado de los
movimientos y la diversasuerte de los navíos, no permitían otra cosa. Según allí me
dijeron,además del Trinidad, se habían ido a pique elArgonauta, de 92, mandado por D. Antonio
Pareja, y elSan Agustín, de 80, mandado por D. Felipe Cajigal. ConGravina, en el Príncipe de
Asturias, habían vuelto a Cádizel Montañés, de 80, comandante Alcedo, que murió en elcombate
en unión del segundo Castaños; el San Justo, de 76,mandado por D. Miguel Gastón; el San
Leandro, de 74, mandadopor D. José Quevedo; el San Francisco, de 74, mandado por D.Luis
Flores; el Rayo, de 100, que mandaba Macdonell. Deéstos, salieron el 23, para represar las naves
que estaban a la vista,el Montañés, el San Justo, el SanFrancisco y el Rayo; pero los dos últimos
se perdieronen la costa, lo mismo que el Monarca, de 74, mandado porArgumosa, y el Neptuno,
de 80, cuyo heroico comandante, D.Cayetano Valdés, ya célebre por la jornada del 14, estuvo a
punto deperecer. Quedaron apresados el Bahama, que se deshizo antesde llegar a Gibraltar; el
San Ildefonso, de 74, comandanteVargas, que fue conducido a Inglaterra, y el Nepomuceno,
quepor muchos años permaneció en Gibraltar, conservado como un objeto deveneración o
sagrada reliquia. El Santa Ana llegó felizmentea Cádiz en la misma noche en que le
abandonamos. Los ingleses tambiénperdieron algunos de sus fuertes navíos, y no pocos de sus
oficialesgenerales compartieron el glorioso fin del almirante Nelson. En cuantoa los franceses,
no es necesario decir que tuvieron tantas pérdidas comonosotros. A excepción de los cuatro
navíos que se retiraron con Dumanoirsin entrar en fuego, mancha que en mucho tiempo no pudo
quitarse deencima la marina imperial, nuestros aliados se condujeron heroicamenteen la batalla.
Villeneuve, deseando que se olvidaran en un día susfaltas, peleó hasta el fin denodadamente, y
fue llevado prisionero aGibraltar. Otros muchos comandantes cayeron en poder de los ingleses,
yalgunos murieron. Sus navíos corrieron igual suerte que los nuestros:unos se retiraron con
Gravina; otros fueron apresados, y muchos seperdieron en las costas. El Achilles se voló en
medio delcombate, como indiqué en mi relación.
Pero a pesar de estos desastres, nuestra aliada, la orgullosa Francia,no pagó tan caro como
España las consecuencias de aquella guerra. Siperdía lo más florido de su marina, en tierra
alcanzaba en aquellosmismos días ruidosos triunfos. Napoleón había transportado en pocotiempo
el gran ejército desde las orillas del Canal de la Mancha a laEuropa central, y ponía en ejecución
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