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Trafalgar

la persona a quienpertenecía. Acerqueme al grupo de donde salía aquella charla retumbante,que
dominaba las demás voces, y quedé asombrado, reconociendo al mismoD. José María Malespina
en persona.
Corrí a él para decirle que estaba su hijo, y el buen padre suspendió lasarta de mentiras que
estaba contando para acudir al lado del jovenherido. Grande fue su alegría encontrándole vivo,
pues había salido deCádiz porque la impaciencia le devoraba, y quería saber su paradero atodo
trance.
«Eso que tienes no es nada—dijo abrazando a su hijo—: un simplerasguño. Tú no estás
acostumbrado a sentir heridas; eres una dama,Rafael. ¡Oh!, si cuando la guerra del Rosellón
hubieras estado en edadde ir allá conmigo, habrías visto lo bueno. Aquéllas sí eran heridas.
Yasabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, diola vuelta por toda la
espalda, y vino a salir por la cintura. ¡Oh, quéherida tan singular!, pero a los tres días estaba
sano, mandando laartillería en el ataque de Bellegarde».
Después explicó el motivo de su presencia a bordo del Rayo,de este modo:
«El 21 por la noche supimos en Cádiz el éxito del combate. Lo dicho,señores: no se quiso
hacer caso de mí cuando hablé de las reformas de laartillería, y aquí tienen los resultados. Pues
bien: en cuanto lo supe yme enteré de que había llegado en retirada Gravina con unos
cuantosnavíos, fui a ver si entre ellos venía el San Juan, dondeestabas tú; pero me dijeron que
había sido apresado. No puedo pintar austedes mi ansiedad: casi no me quedaba duda de tu
muerte, mayormentedesde que supe el gran número de bajas ocurridas en tu navío. Pero yosoy
hombre que llevo las cosas hasta el fin, y sabiendo que se habíadispuesto la salida de algunos
navíos con objeto de recoger losdesmantelados y rescatar los prisioneros, determiné salir pronto
dedudas, embarcándome en uno de ellos. Expuse mi pretensión a Solano, ydespués al mayor
general de la escuadra, mi antiguo amigo Escaño, y nosin escrúpulo me dejaron venir. A bordo
del Rayo, donde meembarqué esta mañana, pregunté por ti, por el San Juan; masnada consolador
me dijeron, sino, por el contrario, que Churruca habíamuerto, y que su navío, después de batirse
con gloria, había caído enpoder de los enemigos. ¡Figúrate cuál sería mi ansiedad! ¡Qué
lejosestaba hoy, cuando rescatamos al Santa Ana, de que tú tehallabas en él! A saberlo con
certeza, hubiera redoblado mis esfuerzosen las disposiciones que di con permiso de estos
señores, y el navío deÁlava habría quedado libre en dos minutos».
Los oficiales que le rodeaban mirábanle con sorna oyendo el últimojactancioso concepto de D.
José María. Por sus risas y cuchicheoscomprendí que durante todo el día se habían divertido con
los embustesde aquel buen señor, quien no ponía freno a su voluble lengua, ni aun enlas
circunstancias más críticas y dolorosas.
El cirujano dijo que convenía dejar reposar al herido, y no sostener ensu presencia
conversación alguna, sobre todo si ésta se refería alpasado desastre. D. José María, que tal oyó,
aseguró que, por elcontrario, convenía reanimar el espíritu del enfermo con laconversación.
«En la guerra del Rosellón, los heridos graves (y yo lo estuve variasveces) mandábamos a los
soldados que bailasen y tocasen la guitarra enla enfermería, y seguro estoy de que este
tratamiento nos curó máspronto que todos los emplastos y botiquines.
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