Not a member?     Existing members login below:

Trafalgar

Mi amo miró sonriendo una mala estampa clavada en la pared, y que,torpemente iluminada
por ignoto artista, representaba al EmperadorNapoleón, caballero en un corcel verde, con el
célebre redingoteembadurnado de bermellón. Sin duda la impresión que dejó en mí aquellaobra
de arte, que contemplé durante cuatro años, fue causa de quemodificara mis ideas respecto al
traje de contrabandista del grandehombre, y en lo sucesivo me lo representé vestido de cardenal
y montadoen un caballo verde.
«Esto no es vivir—continuó Doña Francisca agitando los brazos—. Diosme perdone; pero
aborrezco el mar, aunque dicen que es una de susmejores obras. ¡No sé para qué sirve la Santa
Inquisición si noconvierte en cenizas esos endiablados barcos de guerra! Pero vengan acáy
díganme: ¿Para qué es eso de estarse arrojando balas y más balas, sinmás ni más, puestos sobre
cuatro tablas que, si se quiebran, arrojan almar centenares de infelices? ¿No es esto tentar a
Dios? ¡Y estos hombresse vuelven locos cuando oyen un cañonazo! ¡Bonita gracia! A mí se
meestremecen las carnes cuando los oigo, y si todos pensaran como yo, nohabría más guerras en
el mar... y todos los cañones se convertirían encampanas. Mira, Alonso—añadió deteniéndose
ante su marido—, me pareceque ya os han derrotado bastantes veces. ¿Queréis otra? Tú y esos
otrostan locos como tú, ¿no estáis satisfechos después de la del 14?[3]
D. Alonso apretó los puños al oír aquel triste recuerdo, y no profirióun juramento de marino
por respeto a su esposa.
«La culpa de tu obstinación en ir a la escuadra—añadió la dama cadavez más furiosa—, la
tiene el picarón de Marcial, ese endiabladomarinero, que debió ahogarse cien veces, y cien veces
se ha salvado paratormento mío. Si él quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, subrazo
roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buenhora, y Dios quiera que no
vuelva a parecer por aquí...; pero tú noirás, Alonso, tú no irás, porque estás enfermo y porque has
servidobastante al Rey, quien por cierto te ha recompensado muy mal; y yo quetú, le tiraría a la
cara al señor Generalísimo de mar y tierra losgalones de capitán de navío que tienes desde hace
diez años... A fe quedebían haberte hecho almirante cuando menos, que harto lo merecíascuando
fuiste a la expedición de África y me trajiste aquellas cuentasazules que, con los collares de los
indios, me sirvieron para adornarla urna de la Virgen de Carmen.
—Sea o no almirante, yo debo ir a la escuadra, Paquita—dijo mi amo—.Yo no puedo faltar a
ese combate. Tengo que cobrar a los ingleses ciertacuenta atrasada.
—Bueno estás tú para cobrar estas cuentas—contestó mi ama—: un hombreenfermo y medio
baldado...
—Gabriel irá conmigo—añadió D. Alonso, mirándome de un modo queinfundía valor.
Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad con tan heroico proyecto;pero cuidé de que no
me viera Doña Francisca, la cual me habría hechonotar el irresistible peso de su mano si
observara mis disposicionesbelicosas.
Ésta, al ver que su esposo parecía resuelto, se enfureció más; juró quesi volviera a nacer, no se
casaría con ningún marino; dijo mil pestesdel Emperador, de nuestro amado Rey, del Príncipe de
la Paz, de todoslos signatarios del tratado de subsidios, y terminó asegurando alvaliente marino
que Dios le castigaría por su insensata temeridad.
 
Remove