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Trafalgar

a hombres. Yo miraba a los ingleses, remando con tantadecisión como los nuestros; yo
observaba en sus semblantes las mismasseñales de terror o de esperanza, y, sobre todo, la
expresión propia delsanto sentimiento de humanidad y caridad, que era el móvil de unos yotros.
Con estos pensamientos, decía para mí: «¿Para qué son lasguerras, Dios mío? ¿Por qué estos
hombres no han de ser amigos en todaslas ocasiones de la vida como lo son en las de peligro?
Esto que veo,¿no prueba que todos los hombres son hermanos?».
Pero venía de improviso a cortar estas consideraciones, la idea denacionalidad, aquel sistema
de islas que yo había forjado, y entoncesdecía: «Pero ya: esto de que las islas han de querer
quitarse unas aotras algún pedazo de tierra, lo echa todo a perder, y sin duda en todasellas debe
de haber hombres muy malos, que son los que arman lasguerras para su provecho particular, bien
porque son ambiciosos yquieren mandar, bien porque son avaros y anhelan ser ricos.
Estoshombres malos son los que engañan a los demás, a todos estos infelicesque van a pelear; y
para que el engaño sea completo, les impulsan aodiar a otras naciones; siembran la discordia,
fomentan la envidia, yaquí tienen ustedes el resultado. Yo estoy seguro—añadí—, de que estono
puede durar: apuesto doble contra sencillo a que dentro de poco loshombres de unas y otras islas
se han de convencer de que hacen un grandisparate armando tan terribles guerras, y llegará un
día en que seabrazarán, conviniendo todos en no formar más que una sola familia».
Así pensaba yo. Después de esto he vivido setenta años, y no he vistollegar ese día.
La lancha avanzaba trabajosamente por el tempestuoso mar. Yo creo queMarcial, si mi amo se
lo hubiera permitido, habría consumado lasiguiente hazaña: echar al agua a los ingleses y poner
la proa a Cádiz oa la costa, aun con la probabilidad casi ineludible de perecer ahogadosen la
travesía. Algo de esto me parece que indicó a mi amo, hablándolequedamente al oído, y D.
Alonso debió de darle una lección decaballerosidad, porque le oí decir:
«Somos prisioneros, Marcial; somos prisioneros».
Lo peor del caso es que no divisábamos ningún barco.
El Pince se había apartado de donde estaba; ninguna luz nosindicaba la presencia de un buque
enemigo. Por último, divisamos una, yun rato después la mole confusa de un navío que corría el
temporal porbarlovento, y aparecía en dirección contraria a la nuestra. Unos lecreyeron francés,
otros inglés, y Marcial sostuvo que era español.Forzaron los remeros, y no sin trabajo llegamos a
ponernos al habla.
«¡Ah del navío!», gritaron los nuestros.
Al punto contestaron en español:
«Es el San Agustín—dijo Marcial.
—El San Agustín se ha ido a pique—contestó D. Alonso—.Me parece que será el Santa Ana,
que también está apresado».
Efectivamente, al acercanos, todos reconocieron al SantaAna, mandado en el combate por el
teniente general Álava. Al puntolos ingleses que lo custodiaban dispusieron prestarnos auxilio, y
notardamos en hallarnos todos sanos y salvos sobre cubierta.
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