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Trafalgar

vigorososbrazos. Yo mismo me sentí transportado, y cuando mi nublado espíritu seaclaró un
poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de miamo, el cual tenía mi cabeza entre
sus manos con paternal cariño.Marcial empuñaba la caña del timón; la lancha estaba llena de
gente.
Alcé la vista y vi como a cuatro o cinco varas de distancia, a miderecha, el negro costado del
navío, próximo a hundirse; por losportalones a que aún no había llegado el agua, salía una débil
claridad,la de la lámpara encendida al anochecer, y que aún velaba, guardiánincansable, sobre
los restos del buque abandonado. También hirieron misoídos algunos lamentos que salían por las
troneras: eran los pobresheridos que no había sido posible salvar y se hallaban suspendidos
sobreel abismo, mientras aquella triste luz les permitía mirarse,comunicándose con los ojos la
angustia de los corazones.
Mi imaginación se trasladó de nuevo al interior del buque: una pulgadade agua faltaba no más
para romper el endeble equilibrio que aún lesostenía. ¡Cómo presenciarían aquellos infelices el
crecimiento de lainundación! ¡Qué dirían en aquel momento terrible! Y si vieron a los quehuían
en las lanchas, si sintieron el chasquido de los remos, ¡concuánta amargura gemirían sus almas
atribuladas! Pero también es ciertoque aquel atroz martirio las purificó de toda culpa, y que
lamisericordia de Dios llenó todo el ámbito del navío en el momento desumergirse para siempre.
La lancha se alejó: yo seguí viendo aquella gran masa informe, aunquesospecho que era mi
fantasía, no mis ojos, la que miraba elTrinidad en la obscuridad de la noche, y hasta
creídistinguir en el negro cielo un gran brazo que descendía hasta lasuperficie de las aguas. Fue
sin duda la imagen de mis pensamientosreproducida por los sentidos.
-XIII-
La lancha se dirigió... ¿a dónde? Ni elmismo Marcial sabía a dónde nos dirigíamos. La
obscuridad era tanfuerte, que perdimos de vista las demás lanchas, y las luces del navíoPince se
desvanecieron tras la niebla, como si un soplo lashubiera extinguido. Las olas eran tan gruesas, y
el vendaval tan recio,que la débil embarcación avanzaba muy poco, y gracias a una
hábildirección no zozobró más de una vez. Todos callábamos, y los más fijabanuna triste mirada
en el sitio donde se suponía que nuestros compañerosabandonados luchaban en aquel instante
con la muerte en espantosaagonía.
No acabó aquella travesía sin hacer, conforme a mi costumbre, algunasreflexiones, que bien
puedo aventurarme a llamar filosóficas. Alguien sereirá de un filósofo de catorce años; pero yo
no me turbaré ante lasburlas, y tendré el atrevimiento de escribir aquí mis reflexiones
deentonces. Los niños también suelen pensar grandes cosas; y en aquellaocasión, ante aquel
espectáculo, ¿qué cerebro, como no fuera el de unidiota, podría permanecer en calma?
Pues bien: en nuestras lanchas iban españoles e ingleses, aunque eramayor el número de los
primeros, y era curioso observar cómofraternizaban, amparándose unos a otros en el común
peligro, sinrecordar que el día anterior se mataban en horrenda lucha, más parecidosa fieras que
 
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