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Trafalgar

Comenzó precipitadamente el trasbordo con las lanchas delTrinidad, las del Pince y las de
otros tresbuques de la escuadra inglesa. Dios la preferencia a los heridos; masaunque se trató de
evitarles toda molestia, fue imposible levantarles dedonde estaban sin mortificarles, y algunos
pedían con fuertes gritos quelos dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que
recrudecíasus dolores. La premura no daba lugar a la compasión, y eran conducidosa las lanchas
tan sin piedad como arrojados al mar fueron los fríoscadáveres de sus compañeros.
El comandante Iriartea y el jefe de escuadra, Cisneros se embarcaron enlos botes de la
oficialidad inglesa; y habiendo instado a mi amo paraque entrase también en ellos, éste se negó
resueltamente, diciendo quedeseaba ser el último en abandonar el Trinidad. Esto no dejóde
contrariarme, porque desvanecidos en mí los efluvios de patriotismo,que al principio me dieron
cierto arrojo, no pensaba ya más que ensalvar mi vida, y no era lo más a propósito para este
noble fin elpermanecer a bordo de un buque que se hundía por momentos.
Mis temores no fueron vanos, pues aún no estaba fuera la mitad de latripulación cuando un
sordo rumor de alarma y pavor resonó en nuestronavío.
«¡Que nos vamos a pique!... ¡a las lanchas, a las lanchas!», exclamaronalgunos, mientras
dominados todos por el instinto de conservación,corrían hacia la borda, buscando con ávidos
ojos las lanchas quevolvían. Se abandonó todo trabajo; no se pensó más en los heridos, ymuchos
de éstos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella condelirante extravío, buscando un
portalón por donde arrojarse al mar. Porlas escotillas salía un lastimero clamor, que aún parece
resonar en micerebro, helando la sangre en mis venas y erizando mis cabellos. Eranlos heridos
que quedaban en la primera batería, los cuales, sintiéndoseanegados por el agua, que ya invadía
aquel sitio, clamaban pidiendosocorro no sé si a Dios o a los hombres.
A éstos se lo pedían en vano, porque no pensaban sino en la propiasalvación. Se arrojaron
precipitadamente a las lanchas, y esta confusiónen la lobreguez de la noche, entorpecía el
trasbordo. Un solo hombre,impasible ante tan gran peligro, permanecía en el alcázar sin atender
alo que pasaba a su alrededor, y se paseaba preocupado y meditabundo,como si aquellas tablas
donde ponía su pie no estuvieran solicitadas porel inmenso abismo. Era mi amo.
Corrí hacia él despavorido, y le dije:
«¡Señor, que nos ahogamos!»
D. Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel,que sin abandonar su
actitud pronunció palabras tan ajenas a lasituación como éstas:
«¡Oh! Cómo se va a reír Paca cuando yo vuelva a casa después de estagran derrota.
—¡Señor, que el barco se va a pique!» exclamé de nuevo, no ya pintandoel peligro, sino
suplicando con gestos y voces.
Mi amo miró al mar, a las lanchas, a los hombres que, desesperados yciegos, se lanzaban a
ellas; y yo busqué con ansiosos ojos a Marcial, yle llamé con toda la fuerza de mis pulmones.
Entonces paréceme que perdíla sensación de lo que ocurría, me aturdí, se nublaron mis ojos y no
sélo que pasó. Para contar cómo me salvé, no puedo fundarme sino enrecuerdos muy vagos,
semejantes a las imágenes de un sueño, pues sinduda el terror me quitó el conocimiento. Me
parece que un marinero seacercó a D. Alonso cuando yo le hablaba, y le asió con sus
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