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Trafalgar

Trinidad le destrozaba con muchafortuna, cuando el Temerary, ejecutando una
habilísimamaniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a sucompañero de
nuestras balas. En seguida se dirigió a cortar la línea porla popa del Trinidad, y como el
Bucentauro,durante el fuego, se había estrechado contra este hasta el punto detocarse los
penoles, resultó un gran claro, por donde se precipitó elTemerary, que viró prontamente, y
colocándose a nuestraaleta de babor, nos disparó por aquel costado, hasta entonces ileso.
Almismo tiempo, el Neptune, otro poderoso navío inglés,colocose donde antes estaba el Victory;
éste se sotaventó,de modo que en un momento el Trinidad se encontró rodeadode enemigos que
le acribillaban por todos lados.
En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en losjuramentos de los marineros
amigos de Marcial, conocí que estábamosperdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La
línea de laescuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al ordenimperfecto con que se
había formado después de la vira en redondosucedió el más terrible desorden. Estábamos
envueltos por el enemigo,cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metrallasobre
nuestro navío, lo mismo que sobre el Bucentauro. ElAgustín, el Herós y el Leandro sebatían
lejos de nosotros, en posición algo desahogada, mientras elTrinidad, lo mismo que el navío
almirante, sin poderdisponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el geniodel
gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoriaimposible, sino movidos por el
afán de perecer con honra.
Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía alrecordar aquellas
tremendas horas, principalmente desde las dos a lascuatro de la tarde. Se me representan los
barcos, no como ciegasmáquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como
verdaderosgigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por sí, poniendo enacción, como
ágiles miembros, su velamen, y cual terribles armas, lapoderosa artillería de sus costados.
Mirándolos, mi imaginación no podíamenos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los
veo acercarse,desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse alabordaje con
ademán provocativo, retroceder con ardiente coraje paratomar más fuerza, mofarse del enemigo,
increparle; me parece que les veoexpresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente el gemido
de lamuerte, como el gladiador que no olvida el decoro de la agonía; meparece oír el rumor de
las tripulaciones, como la voz que sale de unpecho irritado, a veces alarido de entusiasmo, a
veces sordo mugido dedesesperación, precursor de exterminio; ahora himno de júbilo que
indicala victoria; después algazara rabiosa que se pierde en el espacio,haciendo lugar a un
terrible silencio que anuncia la vergüenza de laderrota.
El espectáculo que ofrecía el interior del SantísimaTrinidad era el de un infierno. Las
maniobras habían sidoabandonadas, porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo
elempeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible,correspondiendo así al
estrago que hacían los proyectiles enemigos. Lametralla inglesa rasgaba el velamen como si
grandes e invisibles uñas lehicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera,
losgruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían,los trozos de
velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados desu sitio por el cañón enemigo,
llenaban la cubierta, donde apenas habíaespacio para moverse. De minuto en minuto caían al
suelo o al marmultitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientesse
mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no eraposible distinguir si insultaban a
Dios los que morían, o le llamabancon angustia los que luchaban.
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