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Trafalgar

Por fin llegamos al Trinidad. A medida que nos acercábamos,las formas de aquel coloso iban
aumentando, y cuando la lancha se pusoal costado, confundida en el espacio de mar donde se
proyectaba, cual ennegro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo sesumergía el
inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente loscostados; cuando alcé la vista y vi
las tres filas de cañones asomandosus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó
en miedo,púseme pálido, y quedé sin movimiento asido al brazo de mi amo.
Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta, se me ensanchó elcorazón. La airosa y
altísima arboladura, la animación del alcázar, lavista del cielo y la bahía, el admirable orden de
cuantos objetosocupaban la cubierta, desde los coys[4] puestos en fila sobre la obramuerta, hasta
los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedadde uniformes; todo, en fin, me
suspendió de tal modo, que por un buenrato estuve absorto en la contemplación de tan hermosa
máquina, sinacordarme de nada más.
Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magníficos barcos, nimenos del Santísima
Trinidad, por las malas estampas en quelos han visto representados. Tampoco se parecen nada a
los buquesguerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés de hierro, largos,monótonos, negros,
y sin accidentes muy visibles en su vasta extensión,por lo cual me han parecido a veces
inmensos ataúdes flotantes. Creadospor una época positivista, y adecuados a la ciencia náutico-
militar deestos tiempos, que mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando eléxito del
combate al poder y empuje de los navíos, los barcos de hoy sonsimples máquinas de guerra,
mientras los de aquel tiempo eran elguerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa,
peroconfiando principalmente en su destreza y valor.
Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar,hasta un extremo
exagerado, ideas con imágenes, cosas con personas,aunque pertenezcan a las más inasociables
categorías. Viendo más tardelas catedrales llamadas góticas de nuestra Castilla, y las de Flandes,
yobservando con qué imponente majestad se destaca su compleja y sutilfábrica entre las
construcciones del gusto moderno, levantadas por lautilidad, tales como bancos, hospitales y
cuarteles, no he podido menosde traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en
milarga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales góticas. Susformas, que se
prolongan hacia arriba; el predominio de las líneasverticales sobre las horizontales; cierto
inexplicable idealismo, algode histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación
delíneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, handeterminado esta asociación
extravagante, que yo me explico por lahuella de romanticismo que dejan en el espíritu las
impresiones de laniñez.
El Santísima Trinidad era un navío de cuatro puentes. Losmayores del mundo eran de tres.
Aquel coloso, construido en La Habana,con las más ricas maderas de Cuba en 1769, contaba
treinta y seis añosde honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir,de popa a
proa; 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desdela quilla a la cubierta), dimensiones
extraordinarias que entonces notenía ningún buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que
eran unverdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eranfortísimas murallas
de madera, se habían abierto al construirlo 116troneras: cuando se le reformó, agradándolo en
1796, se le abrieron130, y artillado de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados, cuando yole vi,
140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas. El interior eramaravilloso por la distribución de
los diversos compartimientos, yafuesen puentes para la artillería, sollados para la tripulación,
pañolespara depósitos de víveres, cámaras para los jefes, cocinas, enfermería ydemás servicios.
 
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