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Trafalgar

como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas querevoloteaban alrededor del rizo
culminante del peinado de Doña Flora.Salimos, después de haber oído un enojoso sermón, que
ellos celebraroncomo obra maestra; paseamos de nuevo; continuó la charla más
vivamente,porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entretodos se armó
tan ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas,mezcladas con algún verso insulso, que no
puedo recordarlas.
¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar día y hora paratrasladarse
definitivamente a bordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarmeen tierra, sujeto a los antojos de
aquella vieja que me empalagaba consu insulso cariño! ¿Creerán ustedes que aquella noche
insistió en quedebía quedarme para siempre a su servicio? ¿Creerán ustedes que aseguróque me
quería mucho, y me dio como prueba algunos afectuosos abrazos ybesos, ordenándome que no
lo dijera a nadie? ¡Horribles contradiccionesde la vida!, pensaba yo al considerar cuán feliz
habría sido si mi amitame hubiera tratado de aquella manera. Yo, turbado hasta lo sumo, le
dijeque quería ir a la escuadra, y que cuando volviese me podría querer a suantojo; pero que si
no me dejaba realizar mi deseo, la aborrecería tantoasí, y extendí los brazos para expresar una
cantidad muy grande deaborrecimiento.
Luego, como entrase inesperadamente mi amo, yo, juzgando llegada laocasión de lograr mi
objeto por medio de un arranque oratorio, que habíacuidado de preparar, me arrodillé delante de
él, diciéndole en el tonomás patético que si no me llevaba a bordo, me arrojaría desesperado
almar.
Mi amo se rió de la ocurrencia; su prima, haciendo mimos con la boca,fingió cierta hilaridad
que le afeaba el rostro amojamado, y consintióal fin. Diome mil golosinas para que comiese a
bordo; me encargó quehuyese de los sitios de peligro, y no dijo una palabra más contraria ami
embarque, que se verificó a la mañana siguiente muy temprano.
-IX-
Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no me queda duda, porqueal día siguiente salió
la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimosal muelle, donde esperaba un bote que nos
condujo a bordo.
Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mientusiasmo, mi enajenación,
cuando me vi cerca del SantísimaTrinidad, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera,
quevisto de lejos se representaba en mi imaginación como una fábricaportentosa, sobrenatural,
único monstruo digno de la majestad de losmares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío,
yo le examinaba concierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que
meparecían tan pequeñitos desde la muralla; en otras ocasiones me parecíanmás chicos de lo que
mi fantasía los había forjado. El inquietoentusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al
agua cuandocontemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más queotro alguno
fascinaba mi atención.
 
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