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Trafalgar

Era natural: su intempestivo cariño, sus dengues, la insistencia con quesolicitaba mi
compañía, diciendo que le encantaba mi conversación ypersona, me impedían seguir a mi amo
en sus visitas a bordo. Leacompañaba en tan dulce ocupación un criado de su prima, y en tanto
yo,sin libertad para correr por Cádiz, como hubiera deseado, me aburría enla casa, en compañía
del loro de Doña Flora y de los señores que ibanallá por las tardes a decir si saldría o no la
escuadra, y otras cosasmenos manoseadas, si bien más frívolas.
Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi que Marcial venía a casay que con él iba mi
amo a bordo, aunque no para embarcarsedefinitivamente; y cuando esto ocurría, y cuando mi
alma atribuladaacariciaba aún la débil esperanza de formar parte de aquellaexpedición, Doña
Flora se empeñó en llevarme a pasear a la alameda, ytambién al Carmen a rezar vísperas.
Esto me era insoportable, tanto más cuanto que yo soñaba con poner enejecución cierto
atrevido proyectillo, que consistía en ir a visitar porcuenta propia uno de los navíos, llevado por
algún marinero conocido,que esperaba encontrar en el muelle. Salí con la vieja, y al pasar porla
muralla deteníame para ver los barcos; mas no me era posibleentregarme a las delicias de aquel
espectáculo, por tener que contestara las mil preguntas de Doña Flora, que ya me tenía mareado.
Durante elpaseo se le unieron algunos jóvenes y señores mayores. Parecían muyencopetados, y
eran las personas a la moda en Cádiz, todos muy discretosy elegantes. Alguno de ellos era poeta,
o, mejor dicho, todos hacíanversos, aunque malos, y me parece que les oí hablar de cierta
Academiaen que se reunían para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento queno hacía daño a
nadie.
Como yo observaba todo, me fijé en la extraña figura de aquelloshombres, en sus afeminados
gestos y, sobre todo, en sus trajes, que meparecieron extravagantísimos. No eran muchas las
personas que vestíande aquella manera en Cádiz, y pensando después en la diferencia quehabía
entre aquellos arreos y los ordinarios de la gente que yo habíavisto siempre, comprendí que
consistía en que éstos vestían a laespañola, y los amigos de Doña Flora conforme a la moda de
Madrid y deParís. Lo que primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de susbastones, que eran
unos garrotes retorcidos y con gruesísimos nudos. Nose les veía la barba, porque la tapaba la
corbata, especie de chal, quedando varias vueltas alrededor del cuello y prolongándose ante
loslabios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o más bien bacía enque descansaba la cara.
El peinado consistía en un artificioso desorden,y más que con peine, parecía que se lo habían
aderezado con una escoba;las puntas del sombrero les tocaban los hombros; las casacas,
altísimasde talle, casi barrían el suelo con sus faldones; las botas terminabanen punta; de los
bolsillos de su chaleco pendían multitud de dijes ysellos; sus calzones listados se atacaban a la
rodilla con un enormelazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos,
todosllevaban un lente, que durante la conversación acercaban repetidas vecesal ojo derecho,
cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muybuena vista.
La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de laescuadra, alternando con
este asunto la relación de no sé qué baile ofiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos
objeto de grandesalabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailandola
gavota.
Después de haber charlado mucho, entraron con Doña Flora en la iglesiadel Carmen, y allí,
sacando cada cual su rosario, rezaron que se laspelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de
ellos me aplicólindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tandevotamente
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