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Trafalgar

A la mañana siguiente se me preparaba una gran sorpresa, y a mi ama elmás fuerte berrinche
que creo tuvo en su vida. Cuando me levanté vi queD. Alonso estaba amabilísimo, y su esposa
más irritada que de costumbre.Cuando ésta se fue a misa con Rosita, advertí que el señor se daba
granprisa por meter en una maleta algunas camisas y otras prendas de vestir,entre las cuales iba
su uniforme. Yo le ayudé y aquello me olió aescapatoria, aunque me sorprendía no ver a Marcial
por ninguna parte. Notardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues D. Alonso, una
vezarreglado su breve equipaje, se mostró muy impaciente, hasta que al finapareció el marinero
diciendo: «Ahí está el coche. Vámonos antes queella venga.»
Cargué la maleta, y en un santiamén Don Alonso, Marcial y yo salimos porla puerta del corral
para no ser vistos; nos subimos a la calesa, y esta partiótan a escape como lo permitía la
escualidez del rocín que la arrastraba,y la procelosa configuración del camino. Este, si para
caballerías eramalo, para coches perverso; pero a pesar de los fuertes tumbos yarcadas,
apretamos el paso, y hasta que no perdimos de vista el pueblo,no se alivió algún tanto el martirio
de nuestros cuerpos.
Aquel viaje me gustaba extraordinariamente, porque a los chicos todanovedad les trastorna el
juicio. Marcial no cabía en sí de gozo, y miamo, que al principio manifestó su alborozo casi con
menos gravedad queyo, se entristeció bastante cuando dejó de ver el pueblo. De cuando
encuando decía:
«¡Y ella tan ajena a esto! ¡Qué dirá cuando llegue a casa y no nosencuentre!
A mí se me ensanchaba el pecho con la vista del paisaje, con la alegríay frescura de la mañana
y, sobre todo, con la idea de ver pronto a Cádizy su incomparable bahía poblada de naves; sus
calles bulliciosas yalegres; su Caleta, que simbolizaba para mí en un tiempo lo más hermosode la
vida, la libertad; su plaza, su muelle y demás sitios para mí muyamados. No habíamos andado
tres leguas cuando alcanzamos a ver doscaballeros montados en soberbios alazanes, que
viniendo tras nosotros senos juntaron en poco tiempo. Al punto reconocimos a Malespina y a
supadre, aquel señor alto, estirado y muy charlatán, de quien anteshablé. Ambos se asombraron
de ver a D. Alonso, y mucho más cuando esteles dijo que iba a Cádiz para embarcarse. Recibió
la noticia conpesadumbre el hijo; mas el padre, que, según entonces comprendí, era unrematado
fanfarrón, felicitó a mi amo muy campanudamente, llamándoleflor de los navegantes, espejo de
los marinos y honra de la patria.
Nos detuvimos para comer en el parador de Conil. A los señores lesdieron lo que había, y a
Marcial y a mí lo que sobraba, que no eramucho. Como yo servía la mesa, pude oír la
conversación, y entoncesconocí mejor el carácter del viejo Malespina, quien si primero pasó
amis ojos como un embustero lleno de vanidad, después me pareció el másgracioso charlatán
que he oído en mi vida.
El futuro suegro de mi amita, D. José María Malespina, que no teníaparentesco con el célebre
marino del mismo apellido, era coronel deArtillería retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer
a fondoaquella terrible arma y manejarla como nadie. Tratando de este asuntoera como más lucía
su imaginación y gran desparpajo para mentir.
«Los artilleros—decía sin suspender por un momento la acción deengullir—, hacen mucha
falta a bordo. ¿Qué es de un barco sinartillería? Pero donde hay que ver los efectos de esta
invenciónadmirable de la humana inteligencia es en tierra, Sr. D. Alonso. Cuandola guerra del
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