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—Lo indudable—prosiguió Malespina—, es que la escuadra inglesa andacerca y con intento de bloquear a Cádiz. Los marinos españoles opinanque nuestra escuadra no debe salir de la bahía, donde hay probabilidadesde que venza. Mas el francés parece que se obstina en salir. —Veremos—dijo mi amo—. De todos modos, el combate será glorioso. —Glorioso, sí—contestó Malespina—. ¿Pero quién asegura que seaafortunado? Los marinos se forjan ilusiones, y quizás por estardemasiado cerca, no conocen la inferioridad de nuestro armamento frenteal de los ingleses. Estos, además de una soberbia artillería, tienentodo lo necesario para reponer prontamente sus averías. No digamos nadaen cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable, compuestotodo de viejos y muy expertos marinos, mientras que muchos de los navíosespañoles están tripulados en gran parte por gente de leva, siempreholgazana y que apenas sabe el oficio; el cuerpo de infantería tampocoes un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa detierra muy valerosa, sin duda, pero que se marea. —En fin—dijo mi amo—, dentro de algunos días sabremos lo que ha deresultar de esto. —Lo que ha de resultar ya lo sé yo—observó Doña Francisca—. Que esoscaballeros, sin dejar de decir que han alcanzado mucha gloria, volverána casa con la cabeza rota. —Mujer, ¿tú qué entiendes de eso?—dijo D. Alonso sin poder contenerun arrebato de enojo, que sólo duró un instante. —¡Más que tú!—contestó vivamente ella—. Pero Dios querrá preservarlea usted, señor D. Rafael, para que vuelva sano y salvo». Esta conversación ocurría durante la cena, la cual fue muy triste; ydespués de lo referido, los cuatro personajes no dijeron una palabra.Concluida aquélla, se verificó la despedida, que fue tiernísima, y porun favor especial, propio de aquella ocasión solemne, los bondadosospadres dejaron solos a los novios, permitiéndoles despedirse a susanchas y sin testigos para que el disimulo no les obligara a omitiralgún accidente que fuera desahogo a su profunda pena. Por más que hiceno pude asistir al acto, y me es, por tanto desconocido lo que en élpasó; pero es fácil presumir que habría todas las ternezas imaginablespor una y otra parte. Cuando Malespina salió del cuarto, estaba más pálido que un difunto.Despidiose a toda prisa de mis amos, que le abrazaron con el mayorcariño, y se fue. Cuando acudimos a donde estaba mi amita, laencontramos hecha un mar de lágrimas: tan grande era su dolor, que los cariñosos padres nopudieron calmar su espíritu con ingeniosas razones, ni atemperar sucuerpo con los cordiales que traje a toda prisa de la botica. Confiesoque, profundamente apenado, yo también, al ver la desgracia de lospobres amantes, se amortiguó en mi pecho el rencorcillo que me inspirabaMalespina. El corazón de un niño perdona fácilmente, y el mío no era elmenos dispuesto a los sentimientos dulces y expansivos. -VII- ![]() |
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