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Trafalgar

Ella siguió hablando así:
«Pero, D. Rafael, no vaya usted, por Dios. Diga usted que es de tierra;que se va a casar. Si
Napoleón quiere guerra, que la haga él solo; quevenga y diga: «Aquí estoy yo: mátenme ustedes,
señores ingleses, odéjense matar por mí». ¿Por qué ha de estar España sujeta a los antojosde ese
caballero?
—Verdaderamente—dijo Malespina—, nuestra unión con Francia ha sidohasta ahora
desastrosa.
—¿Pues para qué la han hecho? Bien dicen que ese Godoy es hombre sinestudios. ¡Si creerá
él que se gobierna una nación tocando la guitarra!
—Después de la paz de Basilea—continuó el joven—, nos vimosobligados a enemistarnos
con los ingleses, que batieron nuestra escuadraen el cabo de San Vicente.
—Alto allá—declaró D. Alonso, dando un fuerte puñetazo en la mesa—.Si el almirante
Córdova hubiera mandado orzar sobre babor a los navíosde la vanguardia, según lo que pedían
las más vulgares leyes de laestrategia, la victoria hubiera sido nuestra. Eso lo tengo probado
hastala saciedad, y en el momento del combate hice constar mi opinión. Quede,pues, cada cual
en su lugar.
—Lo cierto es que se perdió la batalla—prosiguió Malespina—. Estedesastre no habría sido
de grandes consecuencias, si después la Corte deEspaña no hubiera celebrado con la República
francesa el tratado de SanIldefonso, que nos puso a merced del Primer Cónsul, obligándonos
aprestarle ayuda en guerras que a él solo y a su grande ambicióninteresaban. La paz de Amiens
no fue más que una tregua. Inglaterra yFrancia volvieron a declararse la guerra, y entonces
Napoleón exigiónuestra ayuda. Quisimos ser neutrales, pues aquel convenio a nadaobligaba en la
segunda guerra; pero él con tanta energía solicitónuestra cooperación, que para aplacarle, tuvo el
Rey que convenir en dara Francia un subsidio de cien millones de reales, lo que equivalía
acomprar a peso de oro la neutralidad. Pero ni aun así la compramos. Apesar de tan gran
sacrificio, fuimos arrastrados a la guerra. Inglaterranos obligó a ello, apresando inoportunamente
cuatro fragatas que veníande América cargadas de caudales. Después de aquel acto de piratería,
laCorte de Madrid no tuvo más remedio que echarse en brazos de Napoleón,el cual no deseaba
otra cosa. Nuestra marina quedó al arbitrio delPrimer Cónsul, ya Emperador, quien, aspirando a
vencer por el engaño alos ingleses, dispuso que la escuadra combinada partiese a la
Martinica,con objeto de alejar de Europa a los marinos de la Gran Bretaña. Conesta estratagema
pensaba realizar su anhelado desembarco en esta isla;mas tan hábil plan no sirvió sino para
demostrar la impericia y cobardíadel almirante francés, el cual, de regreso a Europa, no quiso
compartircon nuestros navíos la gloria del combate de Finisterre. Ahora, segúnlas órdenes del
Emperador, la escuadra combinada debía hallarse enBrest.
Dícese que Napoleón está furioso con su almirante, y que piensarelevarle inmediatamente.
—Pero, según dicen—indicó Marcial—, Mr. Corneta quiere pintarla ybusca una acción de
guerra que haga olvidar sus faltas. Yo me alegro,pues de ese modo se verá quién puede y quién
no puede.
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