Not a member?     Existing members login below:

Trafalgar

exóticascomo si vinieran de otro mundo, despertando en mi cansado pechosensaciones que, a
decir verdad, ignoro si traen a mi espíritu alegría otristeza. Estas ardientes memorias, que
parecen agostarse hoy en micerebro, como flores tropicales trasplantadas al Norte helado, me
hacena veces reír, y a veces me hacen pensar... Pero contemos, que el lectorse cansa de
reflexiones enojosas sobre lo que a un solo mortal interesa.
Rosita era lindísima. Recuerdo perfectamente su hermosura, aunque mesería muy difícil
describir sus facciones. Parece que la veo sonreírdelante de mí. La singular expresión de su
rostro, a la de ningún otroparecida, es para mí, por la claridad con que se ofrece a
mientendimiento, como una de esas nociones primitivas, que parece hemostraído de otro mundo,
o nos han sido infundidas por misterioso poderdesde la cuna. Y sin embargo, no respondo de
poderlo pintar, porque loque fue real ha quedado como una idea indeterminada en mi cabeza, y
nadanos fascina tanto, así como nada se escapa tan sutilmente a todaapreciación descriptiva,
como un ideal querido.
Al entrar en la casa, creí que Rosita pertenecía a un orden de criaturassuperior. Explicaré mis
pensamientos para que se admiren ustedes de misimpleza. Cuando somos niños, y un nuevo ser
viene al mundo en nuestracasa, las personas mayores nos dicen que le han traído de Francia,
deParís o de Inglaterra. Engañado yo como todos acerca de tan singularmodo de perpetuar la
especie, creía que los niños venían por encargo,empaquetados en un cajoncito, como un fardo de
quincalla. Pues bien:contemplando por primera vez a la hija de mis amos, discurrí que tanbella
persona no podía haber venido de la fábrica de donde venimostodos, es decir, de París o de
Inglaterra, y me persuadí de laexistencia de alguna región encantadora, donde artífices divinos
sabíanlabrar tan hermosos ejemplares de la persona humana.
Como niños ambos, aunque de distinta condición, pronto nos tratamos conla confianza propia
de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar conella, sufriendo todas sus impertinencias, que
eran muchas, pues ennuestros juegos nunca se confundían las clases: ella era siempreseñorita, y
yo siempre criado; así es que yo llevaba la peor parte, y sihabía golpes, no es preciso indicar aquí
quién los recibía.
Ir a buscarla al salir de la escuela para acompañarla a casa, era misueno de oro; y cuando por
alguna ocupación imprevista se encargaba aotra persona tan dulce comisión, mi pena era tan
profunda, que yo laequiparaba a las mayores penas que pueden pasarse en la vida,
siendohombre, y decía: «Es imposible que cuando yo sea grande experimentedesgracia mayor».
Subir por orden suya al naranjo del patio para cogerlos azahares de las más altas ramas, era para
mí la mayor de lasdelicias, posición o preeminencia superior a la del mejor rey de latierra subido
en su trono de oro; y no recuerdo alborozo comparable alque me causaba obligándome a correr
tras ella en ese divino e inmortaljuego que llaman escondite. Si ella corría como una gacela, yo
volaba como un pájaro para cogerlamás pronto, asiéndola por la parte de su cuerpo que
encontraba más amano. Cuando se trocaban los papeles, cuando ella era la perseguidora ya mí
me correspondía el ser cogido, se duplicaban las inocentes y purasdelicias de aquel juego
sublime, y el paraje más obscuro y feo, dondeyo, encogido y palpitante, esperaba la impresión de
sus brazos ansiososde estrecharme, era para mí un verdadero paraíso. Añadiré que jamás,durante
aquellas escenas, tuve un pensamiento, una sensación, que noemanara del más refinado
idealismo.
Remove