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Trafalgar

ocasión, no pararon mientes en loque yo hacía, pues harto les embargaban sus propios
pensamientos.
¡Cuánto me he reído después recordando aquella escena, y cuán cierto es,por lo que respecta a
mis compañeros en aquel juego, que el entusiasmode la ancianidad convierte a los viejos en
niños, renovando lastravesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro!
Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron lospasos de Doña
Francisca que volvía de la novena.
«¡Qué viene!—exclamó Marcial con terror.
Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitación, y pusiéronsea hablar de cosas
indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenilno podía aplacarse fácilmente, bien porque no
observé a tiempo laentrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi
enajenacióncon frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo: ¡la mura aestribor!...
¡orza!... ¡la andanada de sotavento!... ¡fuego!... ¡bum,bum!... Ella se llegó a mí furiosa, y sin
previo aviso me descargó enla popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería, que
mehizo ver las estrellas.
«¡También tú!—gritó vapuleándome sin compasión—. Ya ves—añadiómirando a su marido
con centelleantes ojos—: tú le enseñas a que pierdael respeto... ¿Te has creído que estás todavía
en la Caleta, pedazo dezascandil?
La zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina,lloroso y avergonzado,
después de arriada la bandera de mi dignidad, ysin pensar en defenderme contra tan superior
enemigo; Doña Franciscadetrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los
repetidosgolpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerandocuán mal había
concluido mi combate naval.
-V-
Para oponerse a la insensata determinación de su marido, Doña Franciscano se fundaba sólo
en las razones anteriormente expuestas; tenía, ademásde aquéllas, otra poderosísima, que no
indicó en el diálogo anterior,quizá por demasiado sabida.
Pero el lector no la sabe y voy a decírsela. Creo haber escrito que misamos tenían una hija.
Pues bien: esta hija se llamaba Rosita, de edadpoco mayor que la mía, pues apenas pasaba de los
quince años, y yaestaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artilleríallamado
Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamenteemparentada con la de mi ama.
Habíase fijado la boda para fin deOctubre, y ya se comprende que la ausencia del padre de la
novia habríasido inconveniente en tan solemnes días.
Voy a decir algo de mi señorita, de su novio, de sus amores, de suproyectado enlace y... ¡ay!,
aquí mis recuerdos toman un tintemelancólico, evocando en mi fantasía imágenes importunas y
 
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