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remedia, y, por tanto, la ruinade nuestras colonias y del comercio español en América. Pero, a pesar detodo, es preciso seguir adelante». —Bien digo yo—añadió doña Francisca—, que ese Príncipe de la Paz seestá metiendo en cosas que no entiende. Ya se ve, ¡un hombre sinestudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del príncipeFernando, dice que ese señor Godoy es un alma de cántaro, y que no haestudiado latín ni teología, pues todo su saber se reduce a tocar la guitarra y aconocer los veintidós modos de bailar la gavota. Parece que por su lindacara le han hecho, primer ministro. Así andan las cosas de España;luego, hambre y más hambre... todo tan caro... la fiebre amarillaasolando a Andalucía... Está esto bonito, sí, señor... Y de ello tienenustedes la culpa— continuó engrosando la voz y poniéndose muyencarnada—, sí señor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente;ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados barcos, se fuerana la iglesia a rezar el rosario, no andaría Patillas tan suelto porEspaña haciendo diabluras. —Tú irás a Cádiz también—dijo D. Alonso ansioso de despertar elentusiasmo en el pecho de su mujer—; irás a casa de Flora, y desde elmirador podrás ver cómodamente el combate, el humo, los fogonazos, lasbanderas... Es cosa muy bonita. —¡Gracias, gracias! Me caería muerta de miedo. Aquí nos estaremosquietos, que el que busca el peligro en él perece. Así terminó aquel diálogo, cuyos pormenores he conservado en mi memoria,a pesar del tiempo transcurrido. Mas acontece con frecuencia que loshechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecengrabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edadmadura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razón. Aquella noche D. Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocosratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos. Cuando ésta fue ala parroquia para asistir a la novena, según su piadosa costumbre, losdos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos quepierden de vista al maestro. Encerráronse en el despacho, sacaron unosmapas y estuvieron examinándolos con gran atención; luego leyeronciertos papeles en que había apuntados los nombres de muchos barcosingleses con la cifra de sus cañones y tripulantes, y durante sucalurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los más enérgicoscomentarios, noté que ideaban el plan de un combate naval. Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de lasescuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance delos barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buqueque se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas deseñal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con losporrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; consu lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; ycomo mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yotambién echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dandonatural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina eltemperamento de los chicos con absoluto imperio. Sin poderme contener,viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por lahabitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado meautorizaba a ello; remedé con la cabeza y los brazos la disposición deuna nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando lavoz, los retumbantes monosílabos que más se parecen al ruido de uncañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!... Mi respetable amo, el mutiladomarinero, tan niños como yo en aquella |
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