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Tradiciones Peruanas

La mujer de Román, si bien honradísima hembra en punto a
fidelidadconyugal, tenía las peores cualidades apetecibles en una
hija de Eva.Amiga del boato, manirrota, terca y regañona,
atosigaba al pobrete delmarido con exigencias de dinero; y
aquello no era casa, ni hogar, niCristo que lo fundó, sino
trasunto vivo del infierno. Ni se dabaescobada, ni se zurcían las
calcetas del pagano, ni se cuidaba delpuchero, y todo, en fin,
andaba a la bolina. Madama no pensaba sino endijes y faralares,
en bebendurrias y paseos.
A ese andar, la tienda y los haberes del marido se evaporaron
en menosde lo que se persigna un cura loco, y con la pobreza
estalló la guerracivil en esa república práctica que se llama
matrimonio. Los cónyugesandaban siempre a pícame Pedro que
picarte quiero. Por quítame allá estapaja se tiraban los cacharros
a la cabeza, a riesgo de descalabrarse, yno quedaba silla con
palo sano. A bien librar salía siempre el bonachóndel marido
llevando en el rostro reminiscencias de las uñas de suconjunta
persona.
Este matrimonio nos trae al magín un soneto que escribimos,
allá por losalegres tiempos de nuestra mocedad, y que, pues la
ocasión es tentadorapara endilgarlo, ahí va como el caballo de
copas:
Caséme
por
mi
mal
con
una
indina,
fresca
como
la
pera
bergamota;
trájome
suegra
y
larga
familiota
y
por
dote
su
cara
peregrina.
A
trote
largo
mi
caudal
camina
a
sumergirse
en
una
sirte
ignota;
pronto
he
de
hacer
con
ella
bancarrota,
salvo
que
encuentre
una
boyante
mina.
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