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Tradiciones Peruanas

sería ese sitioen el siglo pasado y cuando sólo en 1776 se había
establecido elalumbrado para las calles centrales de la ciudad.
La obscuridad de aquella noche era espantosa. No parecía sino
que lanaturaleza tomaba su parte de complicidad en el crimen.
Entreabrióse el postigo de la casa, y por él salió
cautelosamenteFortunato, llevando al hombro, cosido en una
manta, el cadáver deAquilino. Benedicta lo seguía, y mientras
con una mano lo ayudaba asostener el peso, con la otra, armada
de una aguja con hilo grueso,cosía la manta a la casaca del
joven. La zozobra de éste y las tinieblasservían de auxiliares a
un nuevo delito.
Las sombras vivientes llegaron al pie del parapeto del río.
Fortunato, con su fúnebre carga sobre los hombros, subió el
tramo deadobes y se inclinó para arrojar el cadáver.
¡Horror!... El muerto arrastró en su caída al vivo.
Tres días después unos pescadores encontraron en las playas
de Bocanegrael cuerpo del infortunado Fortunato. Su padre, el
conde de Pozosdulces,y su jefe, el marqués de Salinas,
recelando que el joven hubiera sidovíctima de algún enemigo,
hicieron aprehender a un individuo sobre elque recaían no
sabemos qué sospechas de mala voluntad para con eldifunto.
Y corrían los meses y la causa iba con pies de plomo, y el
pobre diablose encontraba metido en un dédalo de acusaciones,
y el fiscal veíapruebas clarísimas en donde todos hallaban el
caos, y el juez vacilaba,para dar sentencia, entre horca y
presidio.
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