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Tradiciones Peruanas

El cura don Carlos Rodríguez era un clérigo campechano,
caritativo ypoco exigente en el cobro de los diezmos y demás
provechos parroquiales,cualidades apostólicas que lo hacían el
ídolo de sus feligreses. Ocupabaaquella mañana la cabecera de
la mesa, teniendo a su izquierda a undescendiente de los Incas,
llamado don José Gabriel Tupac-Amaru, y a suderecha a doña
Micaela Bastidas, esposa del cacique. Las libaciones
semultiplicaban y, como consecuencia de ellas, reinaba la más
expansivaalegría. De pronto sintióse el galope de un caballo que
se detuvo a lapuerta de la casa parroquial, y el jinete, sin
descalzarse las espuelaspenetró en la sala del festín.
El nuevo personaje llamábase don Antonio de Arriaga,
corregidor de laprovincia de Tinta, hidalgo español muy
engreído con lo rancio de sunobleza v que despotizaba, por
plebeyos, a europeos y criollos. Groseroen sus palabras, brusco
de modales, cruel para con los indios de la mitay avaro hasta el
extremo de que si en vez de nacer hombre hubiera nacidoreloj,
por no dar no habría dado ni las horas, tal era su señoría. Ypara
colmo de desprestigio, el provisor y canónigos del Cuzco lo
habíanexcomulgado solemnemente por ciertos avances contra la
autoridadeclesiástica.
Todos los comensales se pusieron de pie a la entrada, del
corregidor,quien, sin hacer atención en el cacique don José
Gabriel, se dejó caersobre la silla que éste ocupaba, y el noble
indio fué a colocarse a otroextremo de la mesa, sin darse por
entendido de la falta de cortesía delempingorotado español.
Después de algunas frases vulgares, de haberrefocilado el
estómago con las viandas y remojado la palabra, dijo suseñoría:
—No piense vuesa merced que me he pegado un trote desde
Yanaoca sólopara darle saludes.
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