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Tradiciones Peruanas

III
En tanto que el sepulturero abría la zanja, una brisa fresca y
retozonaoreaba el rostro del muerto, quien ciertamente no debía
estarlo enregla, pues sus músculos empezaron a agitarse
débilmente, abrió luegolos ojos y, al fin, por uno de esos
maravillosos instintos del organismohumano, hízose cargo de su
situación. Un par de minutos que hubieratardado nuestro
español en volver de su paroxismo o catalepsia, y laspaladas de
tierra no le habrían dejado campo para rebullirse yprotestar.
Distraído el sepulturero con su lúgubre y habitual faena, no
observó laresurrección que se estaba verificando hasta que el
muerto se puso sobresus puntales y empezó a marchar con
dirección a la puerta. El buho decementerio cayó accidentado,
realizándose casi al pie de la letraaquello que canta la copla:
el
vivo
se
cayó
muerto
y el muerto partió a correr.
Encontrábase don Gil en la sala de San Ignacio vigilando que
lostopiqueros no hiciesen mucho gasto de azúcar para endulzar
las tisanascuando una mano se posó familiarmente en su hombro
y oyó una vozcavernosa que le dijo: ¡Avariento! ¿Dónde está mi
mortaja?
Volvióse aterrorizado don Gil. Sea el espanto de ver un
resucitado detan extraño pelaje, o sea que la voz de la
conciencia hubiese hablado enél muy alto, es el hecho que el
infeliz perdió desde ese instante larazón. Su sacrílega avaricia
tuvo la locura por castigo.
En cuanto al español, quince días más tarde salía del
hospitalcompletamente restablecido, y después de repartir en
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