regimiento deSaboya, tres del regimiento de Córdoba y ocho
paisanos. Hacíanlestambién compañía doña Leonor Michel y
doña Manuela Sánchez, queridas delos dos oficiales, y tres
mujeres del pueblo, mancebas de soldados. Erajusto que quienes
estuvieron a las maduras participasen de las duras.Quien comió
la carne que roa el hueso.
El proceso, curiosísimo en verdad y que existe en los archivos
de laexcelentísima Corte Suprema, es largo para extractarlo.
Baste saber queel 13 de agosto no quedó en Lima títere que no
concurriese a la Plazamayor, en la que estaban formadas las
tropas regulares y miliciascívicas.
Después de degradados con el solemne ceremonial de las
ordenanzasmilitares los oficiales Ruda y Pulido, pasaron junto
con nueve de suscómplices a balancearse en la horca, alzada
frente al callejón dePetateros. El verdugo cortó luego las
cabezas que fueron colocadas enescarpias en el Callao y en
Lima.
Los demás reos obtuvieron pena de presidio, y cuatro fueron
absueltos,contándose entre éstos doña Manuela Sánchez, la
querida de Ruda. Elproceso demuestra que si bien fué cierto que
ella percibió losprovechos, ignoró siempre de dónde salían las
misas.
En que se copia una sentencia que puede arder en un candil
«En cuanto a doña Leonor Michel, receptora de especies
furtivas, lacondeno a que sufra cincuenta azotes, que le darán en
su prisión de manodel verdugo, y a ser rapada la cabeza y cejas,
