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Tradiciones Peruanas

Paréceme que con el retrato basta y sobra para esperar mucho
de esapieza de tela emplástica, que
era
como
el
canario
que
va
y
se
baña,
y
luego
se
sacude
con arte y maña.
Leonorcica, para colmo de venturanza, era casada con un
honradísimopulpero español, más bruto que el que asó la
manteca, y a la vez másmanso que todos los carneros juntos de
la cristiandad y morería. Elpobrete no sabía otra cosa que aguar
el vino, vender gato por liebre yganar en su comercio muy
buenos cuartos, que su bellaca mujer seencargaba de gastar
bonitamente en cintajos y faralares, no para másencariñar a su
cónyuge, sino para engatusar a los oficiales de losregimientos
del rey. A la chica, que de suyo era tornadiza, la habíaagarrado
el diablo por la, milicia y... ¡échele usted un galgo a
suhonestidad! Con razón decía uno:—Algo tendrá, el
matrimonio, cuandonecesita bendición de cura.
El pazguato del marido, siempre que la sorprendía en
gatuperios y juegosnada limpios con los militares, en vez de
coger una tranca yderrengarla, se conformaba con decir:
—Mira, mujer, que no me gustan militronchos en casa y que
un día mepican las pulgas y hago una que sea sonada.
—Pues mira, ¡arrastrado!, no tienes más que empezar—
contestaba lamozuela, puesta en jarras y mirando entre ceja y
ceja a su víctima.
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