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Tradiciones Peruanas

El atrio de la iglesia no tenía por entonces la magnífica verja
dehierro que hoy la adorna, y la policía nocturna de la ciudad
estaba enabandono tal, que era asaz difícil encontrar una ronda.
Los buenoshabitantes de Lima se encerraban en casita a las diez
de la noche,después de apagar el farol de la puerta, y la
población quedabasumergida en plena tiniebla, con gran
contentamiento de gatos ylechuzas, de los devotos de la
hacienda ajena y de la gente dada aamorosas empresas.
El avisado lector, que no puede creer en duendes ni en
demonioscoronados, y que, como es de moda en estos tiempos
de civilización,acaso no cree ni en Dios, habrá sospechado que
es un ladrón el que seintroduce por la claraboya de la iglesia.
Piensa mal y acertarás.
En efecto. Nuestro hombre con auxilio de una cuerda se
descolgó altemplo, y con paso resuelto se dirigió al altar mayor.
Yo no sé, lector, si alguna ocasión te has encontrado de noche
en unvasto templo, sin más luz que la que despiden algunas
lamparillascolocadas al pie de las efigies, y sintiendo el vuelo y
el graznarfatídico de esas aves que anidan en las torres y
bóvedas. De mí sé decirque nada ha producido en mi espíritu
una impresión más sombría y solemnea la vez, y que por ello
tengo a los sacristanes y monaguillos enopinión, no diré de
santos, sino de ser los hombres de más hígados de lacristiandad.
¡Me río yo de los bravos de la Independencia!
Llegado nuestro hombre al sagrario, abrió el recamarín, sacó la
Custodiaenvolvió en su pañuelo la Hostia divina, dejándola
sobre el altar ysalió del templo por la misma claraboya que le
había dado entrada.
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